Salvador Saenz

Voces perdidas en el tiempo

 

Salvador Sáenz

Para Trejo

 

 

Me veo sentado, con los ojos cerrados, en el patio de Alba, en esa noche ardiente y funesta cuando comenzó todo. Voy escapándome lentamente de un sueño ligero pero profundo, como agujero negro, que intenta succionar la poca lucidez de mis sentidos. Luego surgen ellos, los otros, impasibles, aletargados; irrumpen nuestra calma con un propósito siniestro: eran, no me cabe duda ya, los mensajeros de la desgracia… Así comienza mi historia, comandante. La historia absurda y mariguana que desemboca justo aquí, en este momento, donde usted nos interroga en una de las celdas más lúgubres de la Corporación, para tratar de resolver el caso que le han encomendado: El intento de asesinato de Mario Gabriel Cantú.

No piense que estoy tratando de ayudar a mi amigo, el principal sospechoso, sólo porque también trabajo como usted en la Policía. No. Es más, si tuviera alguna influencia aquí por supuesto que no tendría siquiera lugar esta conversación; de cualquier manera apenas si han oído mencionar mi nombre, seguro tampoco conocen mis funciones, así que no temo a ser juzgado por ello. Sólo le pido que escuche con detenimiento (tómelo, si quiere, como parte de mi declaración), este relato ‘confuso’ que ahora voy a contarle:

Era 21 de julio y una inesperada brisa fresca nos envolvió de súbito, en medio del lacerante calor lagunero. Las cheves, alabado sea el Señor, apagaban un poco nuestra ansiedad inexplicable. Nos encontrábamos escuchando el tema “La llorona”, interpretado por Lila Downs, cuando de pronto, oímos el rechinido de unos frenos de bicicleta: sonó como un lamento prolongado que rompió la tranquilidad nocturna. Lo oímos bien clarito porque la casa de Alba tiene un largo corredor con buena acústica. Estábamos Adrián (desempleado vagabundo) y yo, el Negro Rodríguez (cantautor y defensor de oficio), tomándonos en silencio las chelas que nuestra amiga (estudiante de psicología) nos había pichado. Bebo estacionó su bici, tocó a la puerta y le abrimos. Se veía muy nervioso. Me arrebató la cerveza que llevaba en la mano y le dio un gran sorbo. Se sentó. Nos miró a todos con esos ojos borrados, como poseído. Luego de un rato, comenzó a hablar: Bebo nos dijo que una sombra infernal lo venía persiguiendo. Que lo ayudáramos.

A Bebo lo conocí en el bar La Tumba gracias a que el gerente del local también lo había contratado para cantar en los ‘miércoles de blues’, donde yo tocaba. Sus acordes prodigiosos me llamaron inmediatamente la atención: Debo reconocer que es el mejor guitarrista que he encontrado en La Laguna; y aunque mis amigos me han comparado cientos de veces con él y me han puesto a su altura, tengo que admitirlo: es mejor cantautor que yo. Tenía un talento innato para componer canciones; las imágenes en su poesía, los arpegios insospechados con los que a veces llegaba al bar, me deslumbraban. Cuando terminé mi concierto, esa vez, se acercó y me preguntó si las canciones que había interpretado eran mías. Al parecer le habían gustado. “Si arregláramos ese último tema”, me dijo ya entrado en confianza, “con algunas progresiones descendientes con la lira, ¡por dios, hermano, tu rola quedaría sensacional!” Su guitarra era una verdadera joya: una Yamaha electroacústica negra, de esas que ya no se consiguen tan fácilmente. Era un tesoro que cuidaba con obstinada pasión. Nunca, que yo recuerde, se desprendió de ella y una vez que se la pedí prestada se excusó con cortesía, alegando que tenía ensayos para ese fin de semana y necesitaba pulir algunos arreglos. Desde entonces nos veíamos en su casa y amanecíamos hablando de música (de algunos grandes del blues como Robert Jonhson, B.B. King, Keb’ Mo’ y Eric Clapton), tomando cerveza y haciendo breves pausas para escuchar sus discos. Y es que Bebo tenía una loca obsesión por la búsqueda de nuevos acordes: Podía interpretar desde los ritmos primordiales del blues, pasando por la sensual bossa nova, hasta las armonías nostálgicas del tango argentino. Innovador por antonomasia y explorador incansable de armonías frescas y sugestivas, se le podía ver al final de sus presentaciones obteniendo notas extrañas: sus dedos se retorcían como serpientes voluptuosas, recorriendo el largo brazo de la guitarra para conseguir un rasgueo surrealista. Todos ellos sonaban diferentes. Con ese increíble virtuosismo bien pudo haber sido un egoísta, si lo hubiese querido, para abrirse paso en este difícil mundo de la música. Pero no. Siempre fue muy generoso conmigo, me enseñaba sus técnicas y compartía sus mp3 de la mejor música que yo, gustoso, copiaba de inmediato a mi laptop. Nos hicimos buenos amigos. Después le presenté a Alba y Adrián, viejos conocidos de la universidad, a quienes Bebo también tomó confianza desde el primer momento.

Era común que saliéramos ya muy tarde de las tocadas en La Tumba: Trasnochar es la consigna de todos los trovadores, supongo. Para entonces ya todos los restaurantes estaban cerrados y teníamos que llegar a cenar a los burritos de las esquinas. Una noche en que Alba nos acompañó, habló acerca de unos tacos que estaban por la Alianza, según ella los mejores de la región. Total, llegamos, nos bajamos del coche y al contemplar el lugar, nos asustamos; lucía terriblemente abrumador. Aún así nos quedamos y una señora mulata nos atendió sin muchas ganas de hacerlo. Pedimos una orden para cada uno y, mientras nos los servía, Bebo se quedó mirando fijamente a la pared.

—¿Un altar de la Santa Muerte? —preguntó asombrado—. ¿A la vista de todo mundo? ¿Acaso no son cosas muy íntimas? ¿Por qué exhibir su fanatismo de esa manera?

—¿Y qué? —dijo Alba con voz fuerte—. Ya es muy normal ver esas imágenes por todos lados; sobretodo entre la gente corriente como la de aquí.

La mulata, que había escuchado todo, se acercó a nosotros con paso decidido.

—Yo le rindo culto a mi Señora —dijo casi gritando— porque mi gusto es. Y al que no le guste se puede largar a chingar a su madre.

¡Nos quedamos noqueados! Alba estaba roja de la vergüenza. Para olvidar el penoso momento, mi amiga, quien extrañamente se dice escéptica pero le encanta todo lo relacionado con lo esotérico (una vez nos contó un rollo de unas psicofonías que habían grabado en una casa embrujada, para un proyecto de la universidad), comenzó a explicarnos lo que sabía del culto a la Santa Muerte.

—Es la imagen de un esqueleto envuelto en un manto de seda —dijo ella—. Es una creencia que va teniendo cada vez más seguidores y está vinculada a la tradición del Día de Muertos. Tiene raíces históricas tanto de la época prehispánica como de la Colonia y se acomoda muy bien al México contemporáneo. Curiosamente, esta imagen ‘sacrílega’ para la Iglesia Católica, despierta entre sus creyentes un tipo de fervor muy especial: Es la fe de la gente que pide favores o milagros para tener trabajo, salud o comida; y la de los hombres del poder económico, político o criminal, quienes le solicitan venganzas o muertes. Hacen este tipo de plegarias porque no se las pueden solicitar a Dios, a las vírgenes o a los santos, por lo grotesco de su deseo.

—Pues yo digo que son puras mamadas —interrumpí yo, que no creía en nada por aquellos tiempos.

—No todo lo que sucede en este mundo se puede explicar con la lógica científica, Negro —me aclaró Bebo—. Yo no me trago tan fácilmente los asuntos paranormales; pero me he mostrado abierto ante los sucesos que se escapan a un análisis razonable. Un ejemplo: ¿Recuerdan ustedes el partido de los africanos de hace unas semanas? Sí, ese donde murieron los jugadores de un solo equipo, fulminados por un rayo que cayó en el estadio de fútbol. Algunos fanáticos, los más supersticiosos, dijeron que habían sido víctimas de la magia vudú.

De pronto nos callamos porque la mulata se acercó otra vez a nuestro lugar.

—Joven, hablaré con usted —dijo ella dirigiéndose a Bebo— porque se ve que es el único en esta mesa que parece listo… Mire, tome esta figura de la Santísima. Se la regalo. Ando promoviendo a mi Señora entre mis clientes porque es muy efectiva. Cuando tenga alguna necesidad mayor, pídale algo imposible, ella se lo va a conceder.

Nos miramos extrañados por el repentino obsequio de la mujer. Era una pequeña estatuilla de barro que cabía perfectamente en la palma de la mano. ¿Qué le había visto la mulata a Bebo de especial, si al principio también se mostró aprensivo ante su creencia? Supongo que es el encanto natural que tiene con las mujeres. Lo mismo le sucede en el bar con las chicas: Siempre se le acercan al terminar sus conciertos; es quizá ese halo de misterio que lo rodea lo que a ellas les atrae; porque guapo no es, el cabrón. Tuvimos que comernos los tacos pronto y pagar la cuenta porque Alba no se aguantaba la risa. Apenas dimos la vuelta en la esquina y soltó una estruendosa carcajada.

—¡Ya tienes con qué poner tu altarcito de la Santa Muerte en casa, Bebo! —le dijo Alba para terminar de burlarse—. Oye, nos invitas a tus novenarios y todo el rollo, ¿eh?

Bebo tomó en buen plan la carrilla de mi amiga y nos subimos a mi coche para retirarnos. Había que trabajar al día siguiente temprano así que tomamos el rumbo a casa, tranquilamente.

Sin embargo, desde aquella noche Bebo ya no fue el mismo. ¡Siempre tan alivianado con nosotros, siempre con una buena broma para gastarle a cada uno! Pero ahora cualquier juego de los muchachos le resultaba desagradable. “He escuchado voces en el corral de mi casa”, me dijo una vez en el bar, pero yo no le presté demasiada atención. Para tratar de animarlo, le propuse que después de nuestro show en La Tumba fuéramos a casa de Alba para pistear. Él aceptó. Llegamos con ella y, como lo esperaba, la rica plática que tuvimos le encendió la chispa de inmediato. Al ver el brillo en el rostro de mi amiga, sospeché que ésos dos se traían algo escondido; probablemente ya hasta se habían acostado y yo ni cuenta. Bebo volvió con las antiguas charlas sobre música: aquellos temas interminables que nos lanzábamos el uno al otro, en forma apasionada, como malabaristas en plena función circense. Había recobrado el antiguo vigor al hablar.

—Tengo que contarles algo —nos dijo repentinamente, con un semblante serio—. Es un secreto que hubiera preferido guardarme, pero no puedo dejarlo así, arrumbado en la soledad de mi habitación, conmigo… Hay una nota oculta en las melodías cubanas.

Le dio un sorbo a su cerveza y aguardó un momento, esperando ver, quizá, el efecto que sus palabras habían provocado en nosotros.

—Es una nota que subyace en el interior de sus sonescontinuó—, y está ahí, escondida, resguardada por un manto oscuro de misterio, el cual nadie ha podido develar hasta ahora. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Vicente Feliú, la Nueva Trova Cubana, e incluso Frank Delgado y el viejo Sindo Garay lo sabían. Esos güeyes crearon imágenes chingonas con sus letras pero también otorgaron mayor trabajo a lo musical… Los demás músicos latinoamericanos nos diferenciamos sólo en los aspectos líricos. Somos tal vez menos poéticos pero más testimoniales, con narración más directa. Por eso habíamos ignorado el secreto que encierra la nota maldita, nefasta, que despierta a las almas del inframundo; pero yo, que he sido paciente, estoy a nada de interpretarla.

A ese punto de la plática ya no pudimos entenderle, ni siquiera yo que estaba más familiarizado con los cantautores cubanos de la década de los 80. Para calmar un poco su desmesurado relato, le dije a Bebo que fuéramos a comprar más cervezas, argumentando que ya faltaban en la hielera, para continuar con la velada. Salimos en mi coche. Bebo traía los ojos enrojecidos. Estaba muy alterado y vi que las manos comenzaron a temblarle. “No me dejan dormir, hermano”, me dijo a manera de confesión. “Esas voces me tienen al punto de la locura. Y no sólo eso; sus sombras dejan abierto el grifo del lavabo cuando les da la gana, o prenden la luz y se gasta. Me van a llevar a la ruina.” Cuando veníamos de regreso por el periférico, por la lateral derecha, un tipo que venía saliendo del carril central casi nos pegó de lado. El imbécil, que traía un Mini Cooper (yo corro en un Fiesta, no ando tan jodido), todavía nos la hizo de bronca alegando que él llevaba la preferencia, aún cuando Bebo y yo sabíamos que no era cierto pues, nadie me dejará mentir, cuando vas a tomar un carril que no es el tuyo, debes ceder el paso primero o te dan tu llegue. El imbécil del que le hablo era Mario Gabriel Cantú.

—¿Qué no sabes manejar, pendejo? —le gritó Bebo cuando nos emparejamos en el siguiente semáforo.

—¡Chingas a tu madre, cabrón! —contestó el aludido con un tono medio fresa. No pudo ocultar la pinta de ser hijo de papi.

—¡Bájate, puto, a ver si es cierto que muy verga! —se cabreó Bebo, haciéndole una señal de que nos siguiera.

Entonces estacionamos los dos coches a un costado y nos bajamos. Quiero dejar constancia, comandante, que a pesar de que éramos dos contra uno, en ningún momento me metí en el pleito. Es mentira lo que viene escrito en su declaración del primer citatorio, acerca de que lo apaleamos entre varios. Con Bebo tuvo, el pobre. Era, se suponía, una pelea entre hombres, como cualquier otra, a puño limpio. Sólo que el desgraciado le jugó sucio. El primer golpe lo dio él; Bebo tenía que defenderse, naturalmente, y lo tiró al suelo de inmediato con un buen gancho. El tipo se levantó, fue al coche y le dio un golpe a Bebo con un bat que traía en la cajuela. Yo aguanté vara, aunque ganas no me faltaban para meterle sus buenas patadas en el culo. Bebo estaba enfurecido, se volvió loco y no hubo poder humano que lo detuviera. Sacó de mi coche su Yamaha (pues no la habíamos bajado todavía, después de nuestra presentación en La Tumba) y le dio de lleno en la cabeza a su contrincante: Su guitarra se partió en dos. “¡No mames, Bebo, te la bañaste!”, le dije yo, que no podía creer que echara a perder su joya de esa manera. Después de recuperarse, hijo de papi empezó a lloriquear y nos gritó maldiciones, amenazándonos con una demanda pues según él su padre era influyente; la pagaríamos caro. Afortunadamente no había ningún poli cerca y nos fuimos tranquilamente a casa de Alba a seguir pisteando. A bebo no pareció importarle mucho lo de su nena de momento, pero cuando cobró conciencia de su acto, se deprimió: Había perdido no sólo una guitarra, sino a una compañera. Tomó su bici y pedaleó rumbo a su casa, abatido, mientras la noche lo abrazaba, en señal quizá de congoja por la pena que acababa de padecer nuestro amigo.

 

Aquí es donde la cosa se torna más dramática, comandante. Pasaron los días y al no tener noticias de mi amigo, les conté a Alba y Adrián todo cuanto había sucedido. Bebo no se había presentado a cantar en La Tumba y yo me preocupé. Le hablaba a su cel a cada rato pero me mandaba al buzón. Un día pasé por su hogar y me asomé por la ventana pero no vi a nadie (él es soltero y entiendo que sus padres viven en Morelia). Su bici estaba en el patio, sin rastros de su dueño. Como lo había advertido Mario Gabriel, su papá se presentó en la Corporación para formalizar la denuncia: Daños y lesiones, decía el citatorio que estaba en la entrada de la puerta. Por supuesto que la demanda era improcedente, por cómo ocurrieron los hechos, pero la influencia de ese tipo iba a provocar al menos que le leyeran la cartilla en la Corporación. Una semana después, fui a casa de Alba a ver si ella tenía noticias de Bebo. Me pasó a la sala, encendió un cigarro y después de un rato, esto fue lo que me contó:

—No me quiso escuchar, Negro —me dijo con un tono nervioso—. Le aclaré lo que la mulata de los tacos no le había advertido: Si pides un deseo a la Santa Muerte, tienes que cumplir una promesa; si no la llevas a cabo, te mata o se lleva a uno de los tuyos. Así de implacable y celosa es ella. Obviamente se lo dije en son de broma, porque me parece la estupidez más grande que se haya dicho sobre la faz del planeta, pero él lo tomó en serio. Una noche, después de habernos acostado en su casa (disculpa que te enteres de esta manera, Negrito), salió de la cama y tomó la mentada estatuilla. En sus ojos había algo extraño. Era evidente que aún no se recuperaba de la pérdida de su guitarra. “¿Qué te pasa, Bebo, te sientes bien?”, le pregunté pero estaba como ido, como apartado, ¿si sabes cómo?, y no me escuchó siquiera. Se llevó la figura a la boca y la besó. “Es un desgraciado”, le dijo a la pared, ignorándome por completo. “No sólo he perdido a la nena; he dejado también a medio camino mi encuentro con ellos.” Luego, con voz grave, abrazando la figura de barro, ¡le pidió que se llevara al otro mundo al tipo con el que se peleó, y que a cambio de eso, él pararía de buscar la nota oculta! ¿Te das cuenta? “Tú estás loco, Bebo”, le dije desconcertada por lo que estaba presenciando, “¿cómo puedes desearle la muerte a alguien? Era sólo una guitarra. No te apasiones, por Dios.” Pero él contestó algo que ya no pude entenderle porque lo dijo en voz muy baja, como si murmurara una extraña letanía en otra lengua. Me vestí en silencio y me salí de su casa… ¿Te digo algo, Negro? Me dio mucho miedo su expresión. Tenía algo en su mirada que no me gustó, por eso salí casi huyendo de ahí.

Días después de mi encuentro con mi amiga, Bebo apareció de la nada. Se veía francamente muy mal; desaliñado, apestoso. Quería preguntarle cómo se encontraba, si precisaba de algo en especial en que pudiera ayudarlo, pero me interrumpió. “Necesito que me prestes tu guitarra, hermano”, fue lo único que dijo. Yo no tenía compromisos para ese fin de semana así que se la entregué. Sin embargo, el préstamo se volvió regalo porque no volví a ver mi guitarra jamás; tuve que usar la lira ya toda madreada que está arrumbada en La Tumba, ese instrumento viejo que los trovadores usan en casos de emergencia.

Entonces, llegó el día 21 de julio, comandante: Ese día confuso y maldito que quisiera borrar para no volver a recordarlo ni en pesadillas. Mis amigos y yo habíamos olvidado por el momento el ‘tema Bebo’ y nos disponíamos a escuchar pacíficamente la música exquisita de Lila Downs. Pero lejos estábamos de tener una noche placentera porque Bebo irrumpió intempestivamente con esa sentencia que nos dejó helados: “Me viene siguiendo la Sombra; tienen que ayudarme, por lo que más quieran.” Alba no quiso prestarle atención y se fue a la cocina por otras cervezas; en cambio Adrián, que ya andaba medio borracho, se acercó a él y comenzó a abordarlo con preguntas que no venían al caso: “¿Qué diablos te ocurre? ¿Estás drogado o vienes pedo?” Bebo no le hizo caso y me llevó aparte.

—Mira esto, Negro: La acabo de conseguir con unos pandilleros —me enseñó una pistola que llevaba bajo su camisa—. Con esto solucionaré yo mismo el problema.

—¿Acaso te has vuelto loco, hermano? —le pregunté sorprendido—. ¡Deja ese aparato del demonio que no te dejará nada bueno! Relájate. Te hará bien charlar con nosotros y beberte una cerveza. Todo estará bien, te lo aseguro.

Conseguí tranquilizarlo. Se guardó la pistola y se sentó. Alba regresó y se inclinó para decirme algo al oído. “Tienes que sacarlo de aquí. Ya no me inspira confianza este bato.” Sorpresivamente, Bebo se quedó dormido a los pocos minutos. Seguramente venía acumulando sueños atrasados y quizá en nuestra presencia se sentía protegido. Continuamos escuchando música y bebiendo en silencio. De pronto, empezamos a escuchar voces. Lamentos. Venían del corredor. Al principio creí que era el viento o algún vecino en fiesta, pero pasaron los segundos y se escuchaba ahí, justo en ese corredor. ¿Podría ser la buena acústica del pasillo lo que estaba provocando aquellos sonidos extraños? Adrián se me quedó viendo, confundido, y se levantó. Se asomó, pero no encontró nada. Se encogió de hombros y volvió a sentarse.

Bebo regresó de su sueño de quince minutos, como si algo lo hubiera jalado repentinamente o presintiera un nuevo peligro. Recordó que traía un bote de cerveza en la mano y lo apuró de un solo trago. Volvió a hablar:

—No pude cumplir la promesa de no buscar la nota maldita. Por consiguiente, según lo que ha explicado Alba, creo que estoy sentenciado… Me encerré día y noche escuchando los sones de Sindo Garay, Manuel Corona, Alberto Villalón y Rosendo Ruiz, los grandes trovadores de la vieja Habana, y descubrí algo místico en la interpretación de sus canciones, como si ellos estuvieran condenados a repetir las estructuras dictadas por ‘alguien’ tras bambalinas: La marimba y el bongó suenan naturales en sus grabaciones, pero algo quiebra de pronto la armonía. Seguí escuchando los acetatos que compré en un tiradero de viejo y me topé con el Trío Matamoros y su “Lágrimas negras”. Encontré que en su música, el tresillo marcaba la pauta pero también el desajuste. Había en ese instrumento un dejo de amargura. Entonces, salí a la calle. Tuve que vender tu guitarra para conseguirme un tresillo, Negro, lo siento… ¡Fue una locura, pero también una revelación! Una noche, cuando me encontraba en el traspatio, invertí el orden de las notas en el solo de ese “Lágrimas negras”, probando acordes deformados y sin sentido: mis manos no dejaron de rasgar las cuerdas, mis dedos se retorcieron como si tuvieran vida propia, alcanzando trastes que nunca hubiera podido tocar en mi lucidez. Luego, las luces se apagaron. Escuché un lamento y después vino un silencio sepulcral: Había encontrado la nota maldita.

Yo tenía vagos conocimientos sobre la legendaria trova cubana de los años 20 y 30, y sabía que el Trío Matamoros era un grupo que conquistó La Habana y el sur de los Estados Unidos. Pero de eso, a que su sones contuvieran notas ocultas, me resultaba chocante. Bebo estaba definitivamente mal y me entristecía ver que mi amigo estaba acercándose demasiado al abismo de la esquizofrenia. Alba escuchó el increíble relato de Bebo y opinó:

—No estarás creyéndote las sandeces que está diciendo este tipo, ¿o sí, Negro?

No quise emitir ningún comentario para no ofender a mi amigo, pero al igual que Alba, también pensé que sus palabras sólo fueron fragmentos de imágenes confusas, productos de algún mal sueño: Pensar que en las entrañas de una melodía arrebatadora (como lo es un son cubano) se encontraba una puerta por donde podía transitar un alma, sonaba desconcertante. No había forma de creerlo… Sin embargo, recordé que en algunas noches de insomnio llegué a escuchar el suave rasgueo de mi guitarra, muy leve, apenas perceptible, sin que yo la hubiese tocado siquiera, pero siempre lo atribuía a algún mosquito travieso, que se posaba por algunos segundos en las cuerdas de la lira, para luego emprender el vuelo. ¿O acaso eran realmente los espíritus que intentaban salir por esa puerta, desesperados porque nadie más les abría?

Decido cerrar los ojos, en un afán por ausentarme de esa plática sin sentido, y el alcohol me lleva (quiero suponerlo) a ese sueño ligero del que le hablaba al principio, comandante, donde veo sombras extrañas rodeando nuestros cuerpos. Abro los ojos y los veo a ellos: unos sujetos con cara de monstruos, que irrumpen de pronto en la casa de Alba. Eran tres tipos que se enfilaban directo hacia Bebo. Detrás de ellos venía Mario Gabriel Cantú… Salí de ese estado de trance provisorio y de inmediato comprendí que eran los guardaespaldas de ese imbécil, que venían a darle una paliza a mi amigo. Seguramente hijo de papi estaba indignado al ver que su demanda no prosperó en la Corporación y ahora deseaba cobrar venganza.

—¿Así que ustedes eran las sombras de las que hablaba Bebo, malditos cobardes? —les gritó Alba—. ¿Qué quieren? ¡Lárguense de mi casa!

Recobré la lucidez y me levanté (Adrián me secundó) dispuesto a darme un tiro con aquellos desgraciados. Comenzamos a luchar pero eran sujetos bien entrenados en las artes marciales, y nos sometieron de inmediato. El tercer hombre golpeó a Bebo en el estómago y éste se dobló por el dolor. Mi amigo sacó su pistola y ellos retrocedieron. Mario Gabriel Cantú, al ver el arma, comenzó a chillar como vieja, gritando “¡No me mates! ¡Por favor no lo hagas, te lo suplico!” De pronto, una sorpresiva tolvanera nos envolvió. El huracanado viento mezclado con polvo, tan común en La Laguna, cegó nuestra visión. Se escuchó un disparo… El instante efímero en que ocurrió el terregal me pareció largo, casi eterno. En medio de la bruma arenosa, alcancé a ver varias sombras que nos acompañaban, además de los que estábamos, pero nunca pude distinguir sus rostros con claridad. Lo que sí miré fue una silueta más grande y poderosa (juro que no era de este mundo), que se posó a un costado de hijo de papi. Luego vi que Bebo apuntó directo hacia esa figura y se escuchó un segundo disparo. Entones, el aire se clarificó. Sacudimos nuestras cabezas y nos frotamos los ojos para descubrir lo que había sucedido: Mario Gabriel estaba de espaldas contra la pared, aterrado, con una mueca de horror en su rostro. La bala había perforado su estómago. En medio de la confusión, Bebo tomó su bici y pedaleó hasta perderse al final de la calle. Los guaruras levantaron a su jefe y uno de ellos llamó a la ambulancia. Al poco tiempo llegaron las patrullas y aquello se volvió un caos.

Después llegó usted, comandante, y el resto de la historia ya la conoce. Los policías municipales tomaron su parte informativo y a las pocas horas nos dejaron libres, al ver que no participamos en lo que ellos llamaron ‘el atentado’; además, bueno, mi experiencia en defensoría ayudó a agilizar nuestra salida. Cuando regresamos, quisimos seguir bebiendo, escuchar nuestra música, pero por supuesto era imposible: el fino cristal de lo mundano se había quebrado, y de alguna manera, nos había ensordecido. Nos despedimos y cada uno se fue a sus respectivos hogares con una duda clavada en el pecho, sabiendo que tardaríamos, quizá, varias semanas más para poder retirarla sin lastimar nuestro sagrado sentido común.

 

Al día siguiente, mis amigos y yo nos citamos en La Tumba; llegué un poco tarde: Alba y Adrián ya habían tomado su lugar en una mesa del fondo, y me esperaban. Nos saludamos. Pidieron unas micheladas, y, luego de un rato de silencio, nuestra amiga habló.

—Si tan sólo me hubiera quedado callada… Todo esto surgió por culpa mía. Fui yo quien le habló a Bebo sobre esa figura tonta de la Santa Muerte.

—No te agüites, mujer —le dijo Adrián—. El Negro y yo también nos mostramos desconfiados al principio; pero en el fondo, supimos que algo extraño estuvo presente… Yo recomendaría que en lugar de hacernos los inteligentes, queriendo justificar con la razón lo que vimos, mejor lo hablemos abiertamente, al chile, dejándonos de mamadas para tratar de entender lo que en verdad sucedió.

—En ese caso —dije yo— abordémoslo con detenimiento… Sabemos que hijo de papi está lesionado, según los médicos en estado de coma, y nuestro amigo ha desaparecido. Bebo disparó esa arma pero no sabemos qué lo motivo a hacerlo. Es cierto, en su locura repentina, él le pidió a la Santa Muerte que se llevara a Mario Gabriel al otro mundo, y a cambio, él pararía de buscar la nota oculta. Sin embargo, hijo de papi no está muerto (no todavía)… Pero si eso llegara a ocurrir, ¿sería acaso una prueba de que La Santísima cumplió con el pacto? ¿Exigiría entonces a Bebo a hacer lo propio? Como ya vimos, a él le valió madres, y al parecer, encontró lo que buscaba, la nota secreta… No sé ustedes, pero a mí me resultó escalofriante esa onda de las voces, escondidas en un acorde de tresillo. ¿Cómo es eso posible? ¿De qué diablos estaba hablando?

—En la universidad —recordó Alba— realizamos un experimento dentro de la materia de ‘Sociedad y Cultura’. El maestro nos propuso realizar una investigación sobre las psicofonías (sonidos misteriosos registrados en cintas magnéticas)... Aprovechando un viaje de estudios que hicimos a Veracruz, mis compañeros y yo fuimos con un brujo de Catemaco y grabamos una sesión espiritista. Ya de regreso, al escuchar el cassette, nos dimos cuenta de que habíamos registrado un extraño susurro, apenas perceptible, mientras el brujo, en esa entrevista, nos explicaba lo que él pensaba sobre los espíritus: “Son voces perdidas en el tiempo”, nos dijo con un tono profético, “sombras errantes que vagan entre espinas y niebla. No les ha quedado nada más que el sonido atormentado de sus almas.” Ahora lo veo claro. Bebo no usó una grabadora como nosotros, para percibir esas voces; él usó su guitarra: abrió una rendija secreta que les dejó salir. Bebo la descubrió por accidente. Sin embargo, ellas persuadieron a nuestro amigo para que las liberara, hostigándolo. ¿Pero cuántas más esperan ansiosas por salir, y con qué fines siniestros?

Atónitos ante las conclusiones abrumadoras a las que había llegado Alba “la escéptica”, nos quedamos petrificados y preferimos dejarlo así, sin escarbarle más al asunto. Antes de salir, una rola bien ejecutada de Noel Nicola, al fondo, me trajo el recuerdo de mi amigo ausente…

 

Sé que existe una petición suya hecha al juez, comandante, para ordenar un arraigo contra Bebo. Usted sospecha al mismo tiempo que nosotros somos sus cómplices y lo ocultamos en alguna parte: Yo le puedo asegurar que ninguno ha tenido contacto con él desde entonces… No quiero influir en su investigación, pero, ¿usted cree realmente que haya algún delito que perseguir? Nunca hubo una amenaza directa por parte de mi amigo hacia Mario Gabriel Cantú; además, en el estricto sentido de las leyes, no hubo un intento de homicidio como tal: cualquier abogado defensor puede argumentar en la corte un disparo accidental o en defensa propia, pues ellos irrumpieron en la casa de Alba para someterlo; en todo caso, nosotros podríamos contrademandarlos por allanamiento de morada, y a final de cuentas, sólo lo procesarían por portación ilegal de armas, un delito menor que lo tendría libre en pocos meses (si algún día llegaran a encontrarlo vivo, por supuesto).

Entiéndalo, comandante: Bebo disparó esa arma para deshacerse de las sombras que lo venían siguiendo (para salvar su propia alma), y no para provocarle daño a ese hombre. Sé que como agente de investigación, a usted no le interesa la parte sobrenatural de este relato. Pero, piénselo una vez más y reconsidérelo… Bueno, si no tiene otra pregunta que hacernos, nos retiramos; no sin antes obsequiarle esto: Es la estatuilla de la Santa Muerte que Bebo dejó olvidada en su habitación. No se asuste, se lo ruego, es inofensiva. No crea que estoy tratando de intimidarlo… Si no es creyente, de cualquier forma guárdela como recuerdo de este extraño caso. Pero, si en su mente alberga algún resquicio de curiosidad, en la primera necesidad imposible que tenga, pídale algo, dicen que es muy efectiva. Más tenga cuidado: procure no tener cerca una guitarra cuando lo haga; no vaya a ser que las cuerdas de su lira se rasguen accidentalmente y escuche voces que no pertenecen al lugar donde está realizando el conjuro… Buena suerte.