Salvador Saenz

Minerva y la otra orilla

 

Salvador Sáenz

Para Lidia Favela

 

 

La muerte no es nada, hombre. No se dejen engañar por esos patanes visionarios (tanatólogos, sacerdotes, filósofos) que creen saberlo todo. Es sólo un paso y ya. Ustedes saben, el cuerpo se queda, el alma se le escapa a uno por las narices, el médico comprueba que, efectivamente, hayamos entregado el equipo, y ¡tan tan!, a continuar con la fiesta. Por eso, ahora que los veo a todos aquí reunidos en este aburrido sepelio, quisiera levantarme y gritarles: “¡Eit, lárguense de una buena vez a donde les de su gana, pero ya dejen de ver mi cadáver que le van a hacer ojo, cabrones!” ¿Que cómo me morí? No les recomiendo que vivan entre dos ciudades (digamos Torreón-Matamoros) porque, ¡aguas!, les puede pasar lo que a mí cuando en plena carretera intenté subirme al camión Rojo y el méndigo chofer, al querer orillarse y evitar un tráiler que venía detrás, se llevó no sólo el parabús sino también a mí y a otro pobre diablo que igual esperaba viajar al centro de la ciudad. Si creyera en la mala suerte, diría que a mí me tocó soportar no una sino varias maldiciones en mi miserable vida.

Resulta que cuando uno se muere ocurren, eso sí, cosas muy interesantes: Despiertas, sorpresivamente, en un mar de arena fresca. Luego te levantas, sacudes el polvo de tu pantalón y ves, en medio de una densa niebla, un río de aguas tranquilas, una canoa y un remo. Mi muerte ocurrió hace dos días, a una semana de mi cumpleaños número 35. Esa mañana, mientras en el mundo real un paramédico idiota intentaba resucitarme con sus besos, acá, en el otro lado, se me apareció un tipo alto, moreno, al estilo Will Smith con un cuerpazo, y dijo llamarse Sasha, que en hebreo significa, según me contó, ‘defensor de los hombres’. Por supuesto era un ángel o una especie de mensajero: él es el enviado oficial del Jefe de Jefes y se le aparece a todos aquellos que, como yo, acabamos de colgar los tenis. Sasha se me acercó demasiado y tuve que hacer un gran esfuerzo para no arrojarme a sus musculosos brazos. Caminamos un poco y me explicó algunas nuevas reglas que debía tomar en cuenta de ahora en adelante. Me obsequió un gran poder, según esto “para llegar al otro lado en paz”. Me dijo que la mayoría de los que venían aquí les pasaba lo mismo, no estaban aún listos para entrar por La Puerta: no puedes cruzar el río sin haber arreglado tus pendientes. “Te convertirás en un ser omnisciente —me dijo—. Podrás ver, en tiempo real, todo cuanto ocurre allá abajo, mientras remas. Escucharás los pensamientos de ‘los que existen’, aquellos con los que te tocó estar.” Yo me quedé pasmada y sí, veía todo como en la tele, con varias pantallas en recuadro de la vida de las personas que yo conocía. Pero por lo cañón de la experiencia, tu cabeza (bueno, en sentido figurado) está cargadísima de visiones y pareces así tipo una borracha cualquiera, en el alucine total. ¡Imagínense, saberlo todo! Pobre Dios, los broncones que le ha de tocar resolver.

Me tomó un buen rato asumir esa nueva virtud. El veinte no terminaba por caerme, se los juro. Y es que la muerte, hagan de cuenta, es como un orgasmo: Un gran estallido interior que sacude el cuerpo y te pone los brazos y piernas duros. Luego sigue un dolor muy fuerte en el estómago. Por eso no es raro escuchar casos donde gente, aún después de muerta, tiene movimientos extraños: ojos que se abren, cuerpos que se voltean en su caja, brazos que se caen de la camilla. Son las sacudidas propias de un ser acomodándose a su nueva condición. Muchas personas cuando sufren un accidente y están a punto de petatearse, aseguran tener un fenómeno llamado Experiencia Cercana a la Muerte. Dicen que ven pasar toda su vida en un instante: observan el túnel, la luz blanca, etc., y después, ¡moles!, vuelven a despertar y se ven ahí acostados, como dormidos. Pero no se confundan. Es sólo una reacción natural del cuerpo y no tiene relación alguna con lo que ahora yo estoy presenciando. Es decir, si no te mueres no lo sientes. Lo que pasa es que el cerebro, cuando tiene un momento impactante como ese, libera (a través de unas neuronas localizadas detrás de las sienes) una sustancia similar a la endorfina, provocando el despliegue simultáneo de imágenes precisas y detalladas que parecen contener los sucesos más trascendentales en nuestra efímera existencia. Esta información la sé de primera mano porque, ¡hello, ahora lo sé todo! Así que si creían haber tocado el cielo en un momento de esos, lamento desilusionarlos, chicos, ¡sorry!... Pero ustedes se preguntarán, ¿porqué una mujer de 35 años habla con ese lenguaje de niña nice todavía? Pues Sasha me explicó que, mientras vas cruzando el río para “purificarte” te conviertes en el ser de la mejor etapa de tu vida y, por supuesto, mi mejor época la tuve en la uni, cuando tenía 18 y todavía no me importaba mucho lo que llegara a pasar con mi carrera como abogada. ¡Era libre, mal hablada y cero responsabilidades! ¡No manches, me va a dar el infartito juvenil! Escucho mi voz y son mis frases y modales de hace algunos años. ¡Está increíble! ¿Si sabes cómo?

Sasha también dijo: “Háblales. Ellos te sentirán, aunque no te escuchen.” Y por eso les estoy hablando a ellos, a mis deudos (básicamente 3 personas), para que sientan que, a pesar de todo, no los odio; no obstante por su culpa me haya ido de la chingada en esta vida. Aunque también pueden estar confundiéndome con un fantasma cualquiera. ¡Ahora soy una de ellos! ¡Buuú!... Ya en serio, no quiero quitarles su tiempo porque conmigo no hay bronca, total, ya se me terminó, pero ustedes, los otros, han de tener bastantes ocupaciones como para estar aquí escuchando a un espíritu rebelde. Quiero terminar mis pendientes de una vez para disfrutar lo que sigue, porque mi ángel protector me ha dicho cosas muy buenas sobre el otro lado. Pero para contar la historia de los muertos, hay que empezar con la de los vivos, o sea, con la mía, pero cuando aún era joven, esbelta, bella y mucho menos amarguis que cuando me embarró el autobús el día de mi fallecimiento. Lo chido es que dispongo de muchos recursos para contarla: puedo hablar en primera o segunda persona, o como me plazca porque, como ya les dije, me han dado esa facultad. Lo malo es que esto de mis nuevos poderes no durará mucho; ni hablar, no se puede tener todo en esta muerte, ¿no? Esto de narrar una historia sólo lo había hecho en una ocasión en la escuela, en una clase de literatura pues debíamos practicar para los escritos que hiciéramos en el juzgado, por las declaraciones, testimoniales, y todo eso. Espero hacerlo bien.

Comenzaré diciendo que no me gustó para nada que me hayan traído mariachi a mi funeral; o sea, ¿qué les pasa? Yo nunca hubiera consentido algo tan horripilante como eso. ¿De dónde inventaste que era mi último deseo, mamá? Nunca entendiste la diferencia entre un buen cantante de rancheras (como papá) y esta bola de botijotes prietos que seguramente sacaste del mercado Alianza. ¡Qué naca eres! Despedirme de esa manera tan vulgar… Papá, él sí, tenía un angelote y sabía los secretos del cielo. Yo soñaba a su lado, mientras él me cantaba para arrullarme todas las noches. Le decía que con su talento y mi imaginación, íbamos a llegar lejísimos. Él me regaló un saxofón en mi cumple pero nunca aprendí a tocarlo, para mi desgracia, pues nunca se me quitó lo desidiosa. Le dije que cuando fuera grande iba a incorporar el sax a la canción ranchera y él sólo se reía de mis disparates. Éramos confidentes inseparables; hasta que llegó la cochina muerte y se lo llevó. Que perdió la batalla contra el cáncer, me dijo mamá cuando tenía ocho años, pero en ese momento no alcancé a comprender el significado de esas palabras tan extrañas. Yo sólo sabía, vagamente (así me lo hicieron entender), que el único hombre al que amaba se había ido y por lo visto, ya no iba a volver. Desde entonces, cualquier relación con un macho fue desastrosa. Y es que los odiaba, ¡malditos hombres! De hecho yo le compuse todas sus canciones a Paquita la del Barrio, aunque no me lo crean. Pero no se vayan con la finta, yo no era lesbiana. Era nomás eso, puro odio contra ellos. ¿Y cómo no tenerlo si todos están hechos con la misma porquería? Estoy viendo precisamente aquel energúmeno que engendró toda mi repulsión hacia los hombres. ¡Qué descaro! Y todavía tiene la desfachatez ese idiota de haber traído a su noviecita a mi sepelio. ¿Ya no hay decencia en este mundo o qué? Tú fuiste el primero y único, Fernando, al que le entregué las nalgas. ¡Sí, las nalgas!, lo digo sin pudor. A estas alturas de la no existencia ¿creen que voy a sentir vergüenza alguna? Eso es lo malo; una se da cuenta de todas las babosadas que cometió en vida precisamente acá, desde la comodidad de la muerte. ¿Pero por qué me clavé tanto en pendejadas, Dios mío? A una de chiquita le inculcan “valores”. Éstos se van arraigando bien hondo, los asumes como dogmas y, aunque luego maduras y ves la vida de otra manera, está difícil que puedas contra ellos. Yo tenía la loca idea (aquí es donde todos pueden soltar una despreciable carcajada) de casarme con el primer hombre con el que hiciera el amor… O sea, ¿verdad que les doy hueva? Y el que se llevó la primera pellizcada de mi pastel, fuiste tú, Fernando, no te hagas. Sin embargo, el gusto no me duró demasiado porque sólo anduvimos un año y medio. Simplemente alegaste necesitar tiempo para pensar bien las cosas. ¿Qué cosas, grandísimo idiota? Ya saben lo que sigue chicas, siempre nos dicen lo mismo: “No eres tú, soy yo, blablablá” “Siento que no te merezco”, etc. Si vieran el coraje que me daba cuando lo veía en la facultad paseándose con su nueva novia. ¡Ah pero no se tardó ni dos semanas para entenderse muy bien con otra! ¿Verdad? Hasta parecía que me lo restregaba en la cara, el imbécil. Pero el gran colmo era no era eso, sino que seguía hablándome ¡para volver a ser amigos! ¿Qué tienen ustedes los hombres en la cabeza? ¿Mierda? ¿Creen que después de entregar las nalgas así, de manera apasionada e intensa, una es la misma? ¿Creen que una tiene el corazón de palo y después de haberse desnudado ante ustedes, una es la misma? No, es algo que ustedes no entienden y nunca lo harán. Seguiste hablándome como si nada hubiera pasado, Fernando, y lo peor de todo es que me platicabas tus aventuras con ella. “Vete al diablo si crees que voy a ser tu doctora corazón”, le dije con justa razón cuando me lo propuso. “Pero Minerva, te estoy hablando en buen plan —se defendía—. Podemos seguir viéndonos de vez en cuando. No echemos a perder todo lo que hemos construido.” Si serán descarados. Pasaron como dos meses y Fernando seguía invitándome a salir hasta que yo (¡ahí me tienen de estúpida!) acepté ir a cenar con él. Me contó lo mismo de siempre, sobre su actual pareja, y trataba de dejarme con una sensación de que ya estaba a punto de terminar con ella, porque su relación no marchaba bien. Luego continuaron las salidas y ya no supe en qué momento me convertí en su amante. ¡Qué vergüenza, me cae! Cuando yo trataba de aclarar lo nuestro, siempre se enredaba con sus explicaciones. A veces ya ni decíamos nada, todo estaba como arreglado, los dos sabíamos qué éramos aunque no lo definiéramos. ¿Por qué nos damos esperanza todo el tiempo las mujeres? Yo pensé que él iba a recapacitar dándose cuenta de que me amaba a mí y no a esa. Pero nunca sucedió. Una amiga finalmente me hizo ver la cruda realidad y me alejé definitivamente. Todo culminó con el famoso acontecimiento súper comentado y criticado por mis amigos, el Gran Final: Yo, completamente borracha, una madrugada, con unos cuates que tocaban la lira, llevándole serenata a ese hijo de la gran puta, cantándole el tema “Rata de dos patas”. Qué bonita escena, ¿no creen?… Fernando suelta la mano de su novia mientras las mujeres van ya por el quinceavo avemaría de la tarde; se acerca al féretro y, al ver adentro de mi caja, se retira de inmediato horrorizado con lo que ve.

 

“A ver, Sasha, dime una cosa. ¿Llegar a la otra orilla en paz significa quedar bien con ellos?” alcancé a gritarle mientras remaba pero fue inútil, no alcancé a escuchar lo que respondió.

 

Siempre fui muy bocona e irreverente para todo: Cuando finalmente me gradué y conseguí trabajo en un juzgado, allá por mis veintitantos, todos los hombres que me pretendían salían como perros pateados cuando les decía que no estaba interesada en ningún noviazgo. Para ese entonces ya era yo la licenciada Minerva Suárez. Era muy seria, muy profesional, según yo. Ni los moyotes se me acercaban cuando me ponía en mi papel de Señorita Justicia. Estaba iniciando mi carrera como abogada y no iba a permitir que nada se interpusiera para consagrarme: Mejor sola que jodidamente acompañada. Algunas veces me escapaba con los de la ofi al antro, pero me regresaba temprano a casa, en taxi. Todas mis amigas, o estaban casadas, o a punto de. ¡Eso me cagaba! Una vez salimos al cine con todo y escuincles a ver “Buscando a Nemo”. Me causó tanta ternura uno de los niños cuando gritó de emoción, que casi derramo el lagrimón ahí mismo. Esa noche soñé que tenía una hija y me desperté con un humor de la chingada. ¿Acaso me estaba naciendo ese famoso sentimiento materno que todas las mujeres llegan a tener algún día? Yo de tonta cometí el error de platicarle el sueño a mamá. ¡No metí una, sino las dos patrullas juntas! “Pues ya va siendo tiempo que te busques un buen partido, hijita, pues no creo que desees quedarte solterona como tu tía Ramona, ¿o sí?” No dejaba de molestarme con sus comentarios mojigatos como: “A tu edad, yo ya hasta te había concebido” ó “¿Por qué no le haces caso a Mauricio? ¡Tan buen muchacho que es!” o jaladas de esas. Y es que el Mauricio del que hablaba, ¡cómo ponía gorro, el condenado! Él trabajaba también en el juzgado pero yo ya había decidido no involucrarme con nadie y menos con alguien de la oficina. Pero él insistía tanto y la neta se me hacía gacho rechazarlo de nuevo. Total, salimos un par de veces y me convenció (después de chorrocientosmil detalles cursis) de ser novios al menos de manita sudada. Eso consistía en salir una vez por semana y darnos besos de piquito, y nada más. Estaba tan emocionado el pobre que al mes de andar ya quería que lo llevara a conocer a mi familia, el chiflado. En casa se encariñaron con él, mamá no dejaba de compararlo con el mismísimo San Benito de las Pelotas. Pero el teatrito se le cayó muy pronto. Quería que me acostara con él y hasta me propuso matrimonio con tal de conseguirlo. Una noche que salimos de un concierto de guitarras me quiso llevar a un motel; lo fui sospechando pues, como a cien metros de distancia, ya iba enfilado a la puerta de ese cochino lugar. Antes de meterse, lo amenacé con tirarme del carro aunque estuviera en movimiento y él, al verme decidida, no tuvo remedio más que parar el coche y dar la vuelta. No volví a verlo en dos meses pero él hizo su lucha. Quiso reconquistarme diciéndome que había sido un tonto cometiendo un grave error al querer presionarme; según él, no volvería a suceder. Pero ya había cavado su propia tumba. Al ver que no iba a lograr nada, me dijo bien ardido que tenía esposa y un hijo de tres años, pero vivían en Durango. No es necesario explicar aquí la depresión tan canija en la que caí después de eso: de por si, la imagen en mi cabecita de la masculinidad estaba por los suelos, con esto fue el acabose total. ¡Pinches hombres!… Mauricio, que también el muy quitado de la pena se atrevió a venir a mi sepelio, se acerca a mamá y le da el pésame. Después de hablar con ella sobre pendejada y media, los dos se acercan a mi ataúd: De pronto, se alejan espantados pues, lo que ven, parece no agradarles mucho que digamos.

 

Ya me duelen los brazos de tanto remar. ¿Pues no que soy un espíritu? Sasha ya estaba en la otra orilla cuando llegué y me ayudó a bajarme de la canoa cargándome, muy mono él. Enfrente de nosotros se encontraba La Puerta, que no era más que una reja ya toda madreada y estaba custodiada por un fortachón con lentes oscuros, de esos tipo antro; por supuesto, nos dio pase de inmediato pues yo traía un ticket VIP. ¿Qué tal, eh? “Aquí termina el viaje —me dijo Sasha—. Ya no necesitarás las facultades que te di.” Y me despojó de una cosa rara de mi frente que luego arrojó al río, sin darme chance a ver qué era. “No te preocupes, esa sensación de poder se irá poco a poco. Ya estás lista para entrar.” Se abrió La Reja y yo esperaba ver, no sé, ángeles, doncellas y cosas de esas, pero no, sólo había una vil y mísera ciudad cualquiera. Por eso les decía al principio que la muerte no era nada: es la mera continuación de lo mismo. Bueno, la única diferencia es que hay una música bien suave proveniente de todos lados; muy chida, eso sí. Nada de cumbias ni Paquita la del Barrio. ¡Había tanta gente importante! Verdaderos maestros impartiendo clases por aquí; otros más allá enfrascados en pláticas interesantes. Con decirles que alcancé a ver al mismísimo Einstein, explicándoles a unos jóvenes estudiantes sus reborujadas teorías de la relatividad, ¡como si aquí importaran realmente esos conceptos científicos! “Oye, Sasha. ¿Puedo conservar esta personalidad? —le pedí con cara de súplica, anticipando el final—. La neta no quiero quedarme como la última Minerva… ¡En qué tipa tan aburrida me convertí, no manches! Me quedo con la Mine de la uni, mejor; con esa perra desgraciada que le valía madres todo.” “Claro, de eso se trata —me respondió—. Si no, no sería realmente un paraíso esto, ¿no crees?” “¡Eres un amor, Sashita querido!” le respondí mientras me lo comía a besos y nos íbamos a ver la lista del ‘top ten’ de los cursos que estaban impartiendo en ese lugar. Yo quería unas clases así como para aprender a tocar el saxofón, como Lisa Simpson; porque, por supuesto, me voy a encontrar a papá por aquí (hoy o cualquier día de estos) y quiero demostrarle mis teorías de incorporar el sax a la música ranchera, ¡ajúa!.. Bueno, eso es todo, chicos. Creo que ahora sí ya estamos a mano.

 

¡Ah, casi lo olvido! Antes que dejen de escucharme por completo. ¿Saben por qué los arrimados a mi féretro se fueron espantados? Pues no podía irme sin terminar el último pendiente con cada uno de ellos y que nunca me atreví a hacer en vida, por ñoña y mensa: mi mano derecha (a esas alturas del velorio ya muy tiesa, como todo mi cuerpo), les hacía una seña obscena, con el dedo medio totalmente erguido, para que se fueran al diablo por haberme fastidiado la existencia. ¿O qué creían? ¿Que los iba a perdonar yo? ¡Nel! ¡Bye, se cuidan mil!