Salvador Saenz

Lo simbólico

 

Salvador Sáenz

Estrechamos vínculos. Nos adherimos a las cosas. Si pudiéramos, convertiríamos nuestra esencia en una agradable fragancia (un eterno perfume de nuestro espíritu), y rociaríamos a las personas que nos importan con ella, para que nos respiren por el resto de sus inolvidables vidas. Y en un intento por conseguirlo, nos servimos de los símbolos: cuando queremos expresarle a alguien que estará aquí para siempre, se lo decimos con un obsequio: un anillo de compromiso, una pulsera, un tatuaje o una cajita musical, dependiendo de lo limitada que pueda resultar nuestra imaginación para tales casos. Y ese símbolo adquiere un valor casi sagrado para nosotros. Proyectamos en él un resumen de nuestra vida a su lado: Es, digámoslo en términos cosmológicos, la singularidad desnuda de una historia compartida.

Los símbolos son una fuente importante de recuerdos. Con ellos tratamos de materializar lo que no se ve, lo que no se toca, pero que representa algo concreto. ¿Pero qué tan importantes pueden llegar a convertirse? ¿Habrá en este planeta una persona que no sienta apego por algo material, que le fue dado por alguien? ¿Se puede vivir dejando de lado todo lo que algún día ocupó un espacio en nuestros sitios? ¿Y cómo saber si no se ha cruzado la línea entre la nostalgia y la locura?

Además de ser una luz brillante, reparadora, en determinados momentos de soledad, los recuerdos también pueden llegar a convertirse en un verdadero infierno. Pueden ser entidades de autoflagelación, de masoquismo. A estos objetos tangibles podemos atribuirles incluso poderes sanadores, cuando no los tienen. Un crucifijo no cura: lo que sana es la fe. Para una persona, una corcholata que ha encontrado a su paso puede ser la cosa más valiosa de este multiverso en el que vivimos; para otra, su colección de coches deportivos lo es todo. Depende del filtro, de lo empañado que esté el cristal con el que vemos. El cerebro humano logra efectos maravillosos en tales casos. Crea magia…

Mi abuelo guardaba todo. Cualquier cosa que le resultara práctico o importante, lo acumulaba. No sé si al mirarlo, años después, le trajera vivencias, le regresara una parte del pasado, como boomerang que retorna a nuestras manos después de unos minutos de ser lanzado. Lo que sí me queda claro es que todos tenemos la necesidad de perpetuar los bellos momentos. Y es que, tarde o temprano, serán nuestra tabla de salvación. Nos aferraremos a ellos cuando nos abrume una terrible depresión. Queremos tener muy presente que aquello existió y no fue un pálido sueño que nunca vio la luz.

Hay objetos de los cuales podemos prescindir. Si un buen día resulta que odiamos a la persona que nos dio ese artefacto simbólico, podemos tranquilamente lanzarlo al vacío para que la gravedad haga su trabajo. Podemos deshacernos de él en un arrebato de dolor. ¿Pero qué pasa con lo que no? Por ejemplo un tatuaje, una casa, y, ¡qué tremenda locura!, un niño. ¿Un hijo puede llegar a ser un objeto simbólico? ¿Hay quien se atreva a pensar que, para recordar por siempre a una persona, se puede hacerlo procreando un hijo con ella? No quiero ni imaginarlo.

No es bueno aferrarse violentamente a los símbolos. Corremos el riesgo de convertirnos en ellos. Es mejor tratar de mantener un equilibrio. Ser el instante, no vivir en él. Es cierto que habitamos momentáneamente hermosos paraísos cuando miramos eso que nos dejaron. Sí, se abren los poros, la sangre se acumula y hierve. Pero hay veces que es mejor viajar ligeros.

De todos modos, lo que fue verdaderamente valioso nunca se perderá:

Aunque no existan vestigios concretos, aunque las huellas en la arena ya se hayan diluido, lo que algún día nos hizo felices se quedará adherido de forma permanente a nuestro ser.