Salvador Saenz

La Gran Paloma

Salvador Sáenz

Nos gustaba tronar palomas en el barrio. Comprábamos de las grandes, de las de a veinte pesos, esas de papel y pólvora, triangulares, con la mecha (las tripas) saliéndoseles de las entrañas. Las encendíamos y las poníamos debajo de un bote de tornachiles.

Después de unos segundos de angustiante espera, tronaba pero bien hermoso. La explosión era terrible. Si alguno de nosotros se nos ocurría ir a asomarnos para ver por qué no había tronado (porque a veces sucedía que la mecha no agarraba) podía ser fatal. De hecho conocíamos la leyenda de aquel niño que había perdido su mano por el estallido de un cohete; por eso les teníamos respeto. Esto viene precisamente al caso porque he tratado de imaginar qué tan terribles o violentas pueden ser las explosiones de mayor magnitud, como las supernovas, si las palomitas que tronábamos en la calle eran, ya de por sí, muy estruendosas.

 

En esta difícil y compleja realidad, existen distintas clases de explosiones, desde las más ligeras como las cebollitas, esas que nomas hacen chispas y un poco de zumbido; pasando por las granadas de fragmentación, que su poder de destrucción comprende algunos metros a la redonda; las bombas nucleares, que pueden arrasar ciudades completas, recordemos Hiroshima y Nagasaki; hasta las más increíbles y colosales, como las supernovas. Pero el estallido por antonomasia, aquel que se lleva el aplauso del respetable de pie por varias horas, es sin duda la Gran Explosión: el momento mismo del surgimiento del Universo.

 

El espacio es un lugar violento. Muy peligroso. Pareciera que las estrellas al morir (de hecho no mueren del todo, siempre están evolucionando y convirtiéndose en otros objetos más o menos complejos, como planetas, estrellas de neutrones, magnetars, enanas blancas, incluso en cuerpos tan misteriosos y complejos como los agujeros negros), quisieran ser recordadas para la posteridad.

 

Cuando un objeto estelar como nuestro Sol no puede generar más procesos de fusión nuclear, ocurre que la gravedad finalmente vence su masa; éste se contrae a tal punto que ya no puede sostenerse y termina cayendo sobre sí mismo. Sucede entonces una supernova: el estallido más poderoso en el espacio. El destello y la destrucción que deja a su alrededor son inconcebibles. Pobres de los planetas que se encuentren en su órbita. No quedaría nada de ellos. La luminosidad de estos eventos puede detectarse incluso en galaxias próximas.

 

Pero nadie está preparado, ni los extraterrestres más avanzados quizá, para comprender la majestuosidad, la increíble potencia y energía que generó la Gran Explosión, ese preciso instante en que tiempo y espacio comenzaron. Todo lo que hoy conocemos proviene de ese momento, de un punto comprimido hasta el infinito, una singularidad, que de pronto y sin decir agua va explotó de una manera increíble, inconcebible, dando lugar a toda la materia existente, las leyes de la física, las galaxias, la vida inteligente, absolutamente todo. No estamos hablando de lucecitas montadas para escena, o de simples fuegos artificiales. No. Lo que ahí ocurrió no abarca siquiera todos los cohetes juntos, las granadas, las bombas o arsenal nuclear completo del planeta, ni todas las supernovas juntas en todas las galaxias. Lo que pasó en la Gran Explosión no tiene comparación ni precedente alguno. No tiene madre.

 

Si se me apareciera un genio en medio de una botella de cerveza Indio y me concediera tres deseos, pediría: una noche con Scarlett Johansson, la paz mundial (esta respuesta me la enseñaron en un concurso de belleza), y presenciar en primera fila, sin consecuencias catastróficas para mí, por supuesto, el momento de la creación: Ver cómo salen disparados los gases, las luces, el fuego primordial; cómo se van formando los cúmulos; cómo empieza la gravedad a surtir efecto en los objetos y comienzan un baile cósmico fascinante… ¡Qué chulada de evento contemplaría!

 

Me imagino ahí, en mi silla, mirando a mis anchas, y pienso lo siguiente: La Gran Explosión es la paloma de a veinte pesos de Dios: un buen día, en su travesura, la encendió con un cerillo, la arrojó en medio de la nada y explotó, dejando tras de sí un caos terrible.

 

Y se fue nervioso, silbando, con las manos en los bolsillos, antes de que alguien lo cachara.