Salvador Saenz

La ayuda de lo que no existe

Salvador Sáenz

 

1

Cuando Ana Lilia abrió la novela de Mario Vargas Llosa —El paraíso en la otra esquina— que su padre dejó sobre la mesita de estudio, quedó sorprendida con la frase de Paul Valéry que aparecía en el prólogo: “¿Qué sería, pues, de nosotros, sin la ayuda de lo que no existe?”. Fue contundente, esas palabras la transportaron de inmediato al colegio, donde unos días antes había tenido una discusión con unos compañeros de clase cuando la maestra organizaba la posada de ese año. Ana Lilia, a pesar de cursar el primer año de secundaria, era una niña precoz. Su padre, Alberto, que era un escritor reconocido en La Laguna, le había inculcado desde pequeña el hábito de la lectura y los libros le habían despertado la imaginación muy pronto. Ana Lilia dijo en aquella ocasión que las fiestas como la Navidad no tenían sentido pues eran pura fantasía; que alguien con mucha creatividad había inventado personajes, como en los cuentos de su padre, y la gente, a través de los años, los había tomado como algo sagrado. La maestra quedó sorprendida con las palabras de la niña y le llamó la atención a sus padres. Hablaron con ella y le pidieron que aceptara participar en la posada para que entablara más comunicación con sus compañeros, pues últimamente se apartaba de los demás cuando salían a la hora del receso.

Ana Lilia dejó el libro exactamente como lo había encontrado, junto a los otros dos que estaban en la mesa: uno de ellos era una novela de José Saramago y el otro era la Biblia. Por un momento se vio tentada a abrirla y leer el pasaje de los reyes magos, que iba a ser representado en la escuela por los niños, pero se contuvo. Se dirigió a la computadora y buscó por Internet más información sobre Paul Valéry, pues quedó fascinada con la cita que leyó. Después de encontrar algunas páginas relacionadas con su vida, copió unos párrafos que le parecieron interesantes. Se fue a su habitación y leyó con detenimiento una frase que la dejó reflexionando: “Nuestros pensamientos más importantes son los que contradicen nuestros sentimientos”. Ana Lilia apagó las luces para dormirse. Pensó en las costumbres que se realizaban en su hogar. Cada año en Nochebuena tenían una cena, rezaban para acostar al Niño Dios y por la noche hacían un brindis por la salud y el bienestar de la familia. Su madre pedía siempre, en esas oraciones, por su esposo, Alberto. El año pasado le habían detectado un cáncer maligno en el estómago y eran tiempos en que ya lo estaba resintiendo. Ana Lilia no entendía cómo una simple oración podía transformar las cosas; ella creía que los enfermos se sanaban por los doctores, la medicina, y sobretodo por los cuidados que recibían a tiempo las personas para prevenir y curar una enfermedad. Estos pensamientos chocaban con las creencias de los otros niños de la escuela; cierto día tuvo la oportunidad de escuchar a su amiga Rosalba decir que Dios había sanado a su tía, que padecía de leucemia. Ana Lilia intervino en la charla diciendo que los doctores habían hecho el trabajo, que lo que ella decía no era verdad pues no era posible que las personas se curaran así de milagro. Rosalba la apreciaba mucho, pero con esa afirmación se fue alejando poco a poco de ella. No alcanzaba a comprender sus razonamientos; ya nadie se acercaba a desayunar con ella pues la consideraban una niña extraña, al mismo tiempo que Ana Lilia pensaba que nadie la comprendía y nadie podía estar a la altura de sus pensamientos.

El sueño la tomó por sorpresa. Un aire fresco entró por la ventana. Su padre llegó a su habitación y deslizó el vidrio corredizo, se acercó a ella para cobijarle y darle un beso de buenas noches. Luego se dirigió a la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido; antes de salir vio el rostro de Ana Lilia: la vio tan hermosa e inocente que de inmediato dio gracias a la vida por haberle concedido la oportunidad de tener con ella un ángel celestial. Alberto cerró la puerta y se dirigió a la otra habitación donde también descansaba su otra hija, la mayor; pero antes de llegar, sintió que se le cortó la respiración de golpe y, sin poder sostenerse de algo cercano, se desplomó inevitablemente sobre el piso del pasillo.

 

2

Rebeca salió de muy mal humor de la Universidad Iberoamericana. Sus amigas trataron de alcanzarla pero ella salió casi corriendo; subió a su coche y partió de prisa. Estaba llorando. Trató de no pensar mientras se dirigía a casa, tenía tantos sentimientos encontrados que lo único que deseaba en ese momento era estar en los brazos de su madre. Cuando llegó, quedó unos segundos mirándose en el espejo retrovisor: vio a una muchacha triste, con unas manchas negras corriéndole sobre las mejillas. Entró a su hogar y se dirigió al cuarto de estudio pero estaba solo. Se sentó en su sillón favorito, donde Alberto, su padre,  disfrutaba leer por las noches las novelas que tanto le fascinaban. Cerró los ojos y de inmediato la abordaron las imágenes que acababan de ocurrir: su novio Javier le confesó que había estado pensado sobre su relación, y creía que lo mejor para los dos era separarse por un tiempo para ver si los problemas de los últimos días se resolvían.

Rebeca se prohibió así misma atormentarse con lo pasado. Abrió los ojos y vio en la mesita de estudio tres libros; uno de ellos le llamó la atención. Leyó en la portada “El evangelio según Jesucristo”, de José Saramago. Inmediatamente recordó los debates que surgían en la universidad, en la clase de religión. Rebeca se consideraba una persona escéptica. Afirmaba en las clases, cuando surgía el tema de lo divino, que Dios era producto de las necesidades del hombre, que las personas a través de los siglos habían atribuido a un ser superior todos los caracteres deseables en una buena persona. Sus amigos no comprendían cómo una muchacha con esos conceptos tan radicales había decidido pertenecer a una universidad jesuita, a lo que ella respondía: “Bueno, soy tolerante... considero además que cada religión tiene algo positivo, pues todas buscan el bien del ser humano”.

Últimamente se sentía sola. Los problemas con su novio la habían deprimido a tal grado que ya no podía concentrarse en lo que hacía. Trabajaba por las tardes en un despacho contable. La nostalgia de ese momento le hizo recordar una tarde cuando se sintió definitivamente abandonada. Había tenido un día muy pesado, tuvo una gripe que le provocó un dolor de cabeza muy intenso. Discutió con su jefe sobre sus días de vacaciones que él le había quitado, como pretexto de la época navideña en la que él tenía que salir de viaje. Salió muy molesta de la oficina, había dejado su coche en el taller pues presentaba una falla mecánica. Y cuando revisó sus bolsillos, una cuadra antes de llegar a la parada del autobús, descubrió que no traía un solo peso. Alzó la mirada al cielo y pronunció: “Bueno, y ahora qué sigue, por Dios...”. En ese momento bajó la cabeza, sintiéndose derrotada y, para su sorpresa, vio tirados en el suelo dos monedas de diez pesos, dinero suficiente para completar su pasaje. Rebeca quedó impresionada, no daba crédito a lo que estaba presenciando. Recogió las monedas y abordó el autobús. Miró a través de la ventanilla, sus pensamientos giraban como un huracán en su cabeza, preguntándose si lo que acababa de ocurrir había sido producto de la casualidad o acababa de experimentar un suceso extraordinario, donde alguien o algo le había puesto intencionalmente el dinero para que pudiera pagar su transporte a casa. Rebeca estaba muy confundida, pero el sentimiento que la embargaba en ese instante era muy fuerte y se le desbordaron las lágrimas como una cascada que fluye libremente.

Rebeca tomó el libro de Saramago para leerlo en su habitación. Junto a él estaban la última novela de Mario Vargas Llosa y la Biblia; no entendió de momento que su padre pudiera estar leyendo tal libro. Se sentía muy cansada, la noche estaba llegando y afuera las luces de los faroles rasgaban la oscuridad. Se acostó y prendió la luz de la lámpara de cabecera. La novela le resultaba muy interesante pues el autor abordaba el tema de Jesucristo de una manera muy mundana, poniendo en evidencia las contradicciones y sentimientos de un Jesús humano. Rebeca pensaba que Cristo había sido un hombre excepcional, que se entregó en cuerpo y alma por la ayuda a los otros; pero a diferencia de los demás ella rechazaba la posibilidad de que fuera un Dios. Más bien lo veía como un hombre revolucionario, que predicó con el ejemplo y cambió el curso de la historia humana para siempre.

Los ojos comenzaron a cerrársele, dejó el libro y apagó la luz mientras se dejaba conducir por el torrente del sueño. Se sintió extraña. De pronto comenzaron a invadirla sentimientos de tristeza, la abordaron los recuerdos, se veía así misma con su novio en los mejores momentos que compartieron; se sumergió en el vacío, en la desesperanza. Creyó que ya nada tenía sentido, que ya jamás volvería a encontrar el amor con otra persona pues ya había entregado lo mejor de sí a través de cinco años de relación. Estaba perdiendo la fe en el amor verdadero, en el cual se entrega todo de sí sin esperar nada a cambio, en donde se deja ser a la otra persona tal y como quiere ser, sin coartar su libertad. Rebeca lloró amargamente, lloró por la separación que estaba viviendo; se sintió sola, profundamente sola; pero de pronto, comenzó a percibir un tibio calor sobre su cuerpo, sintió como si alguien estuviera palmeando su espalda y le pareció escuchar muy a lo lejos, y a la vez tan cerca, una voz que le decía: “Estoy contigo”. Lo que estaba experimentando era algo nuevo, un sentimiento que no había percibido desde hacía mucho tiempo. Pudo descubrir que la embargaba una paz insospechada, que le tranquilizaba el espíritu así de pronto, y lloró de emoción, se sintió bendecida por alguien, tocada por algo divino que le estaba dando ánimos.

Pasaron unos minutos sin poder darse explicación al fenómeno del que estaba siendo partícipe. De pronto, se despertó de inmediato, un fuerte ruido del pasillo la sacó del encantamiento. Se asustó y se levantó de inmediato, abrió la puerta y, llena de espanto, pudo ver que su padre estaba convulsionándose en el piso.

 

3

Rosalba notó a su amiga Ana Lilia muy triste en los últimos días. Trató de acercarse a ella pero siempre permanecía callada a toda pregunta que le formulaba. La niña no hacía muchas cosas en los recesos, se limitaba a escuchar la clase y en seguida salía a casa cuando sonaba el timbre, mientras los demás niños se quedaban un rato jugando o platicando. Había perdido los ánimos desde la muerte de su padre Alberto. No podía aceptar lo que estaba pasando, ella tenía muchas ilusiones de que pudiera curarse con el tratamiento que los doctores le habían recetado. Una mañana que se encontraba sentada en el sillón favorito de su padre, tomó la novela de José Saramago que se encontraba en la mesita de estudio. Abrió el libro y vio un en una de sus páginas una imagen de la crucifixión de Jesús, que el autor había utilizado para comenzar su relato. Ana Lilia, al ver la imagen tan realista, se preguntó de inmediato si aquello que tanto describían los libros religiosos podía ser verdad. Dejó el libro donde estaba y se quedó unos instantes reflexionando sobre la posada de la escuela. Aun sentía que las fiestas de Navidad eran solo fantasía, en cierto sentido se mostraba apática ante tales expresiones de la gente. En ese momento recibió una llamada de su amiga Rosalba. Le habló para pedirle que participara con ella en la pastorela, los demás compañeros ya habían ensayado sus papeles, solo les faltaba una persona y Rosalba había pensado de inmediato en su amiga. Ana Lilia dudó por unos instantes.

—No le veo el caso a lo que ustedes hacen —le contestó Ana Lilia—. ¿Para qué hacen todo eso, Rosalba?

—Es una tradición muy bella, amiga.

—¿Y si todo eso fuera mentira? ¿Qué sentirías tú al saberlo?

—No lo sé, pero mis papás me han enseñado que la Navidad es un momento único para estar con las personas que más se quieren. En la Nochebuena se reúnen todas las familias para compartir buenos momentos.

Ana Lilia colgó y no supo qué responder. Recordó los otros diciembres donde al lado de sus padres abrían los regalos en casa de la abuela; se reunían todos sus primos y ella disfrutaba mucho de la compañía de su papa, pues ya muy avanzada la noche, encendían una fogata y Alberto iniciaba una charla a media luz, contando sus mejores cuentos publicados, los que le habían dado tanta fama, y toda la familia los disfrutaba mucho. Ana Lilia sintió nostalgia. Vio una foto junto a los tres libros en la mesita de estudio, donde estaba toda la familia. Percibió en la mirada de su padre un brillo de luz que no había descubierto anteriormente. De pronto recordó la propuesta de su amiga Rosalba y por primera vez contempló la posibilidad de participar en la posada de la escuela. Sintió curiosidad por conocer a fondo la historia del nacimiento de Jesús; y ante un leve suspiro, tomó Biblia, la abrió y encontró un sobre en el que venía su nombre y el de su hermana.

 

4

Rebeca salió en su coche para distraerse un momento. Se dirigió a un centro comercial para hacer unas compras, y de paso, para ver qué podría regalarle a su familia en Nochebuena, como todos los años. Estuvo caminando despacio por los pasillos, contemplando los aparadores. Observó por todos lados muchas luces de colores, adornos, publicidad, imágenes alusivas a la Navidad. Rebeca se cuestionó de pronto el sentido de las fiestas decembrinas y descubrió que en los últimos tiempos había perdido el sentido original de la tradición. Ella siempre promovía con sus amigos el humanismo que había aprendido en la Universidad Iberoamericana. Les decía que no era malo comprar regalos materiales, siempre y cuando no fueran el objetivo único de la Navidad, sino lo que implica, entregarse a sí mismo, siempre con amor. Llegó a una librería y recordó de inmediato, con profunda tristeza, a su padre Alberto que acababa de fallecer. A él le fascinaba la literatura; cuando pasaban por donde hubiera libros siempre se detenía a hojearlos, y ella lo jalaba jugando, diciéndole que ya tenía cientos de ellos, que ya no comprara más porque ya no iban a caber en casa.

Cuando iba a abordar su auto en el estacionamiento, sintió que alguien le tocó el hombro y se volteó sorprendida. Era su novio, Javier. De inmediato la abordaron los recuerdos y se quedó pasmada, sin poder pronunciar algo que la liberara de su mutismo.

—Hola, Rebeca —la saludó él—. Iba llegando y te vi de pronto; quise saludarte.

Un sentimiento dual, de rabia y amor, le envolvió de repente. Ella pudo comprender que todavía lo amaba, pero por lo que había pasado no podía pensar algo en concreto sobre su relación. Mas en el fondo, aún guardaba la esperanza de volver con él, pues a través de cinco años de relación había encontrado algo profundo y real, un amor auténtico. Ella lo comparaba con un árbol al cual los dos habían estado cuidando, todos los días, para que no se secara. Y cuando sucedió la separación (habían pasado dos meses ya) pensó que se había cortado así de pronto ese árbol con un hacha; pero las raíces eran profundas, y los retoños brotaban inevitablemente. Una amiga le dijo que el tiempo resolvería las cosas. Con el tiempo esos retoños morirían o renacerían, todo dependía de ellos, pues era un sentimiento de dos.

—Solo quería darte un abrazo y desearte lo mejor para el año que viene.

Ese abrazo significó mucho para Rebeca. Hizo un gran esfuerzo para contenerse pues quería quedarse ahí con él, no dejarlo ir, besarlo y hacerle los cariños que siempre le hacía, con ese lenguaje que los dos habían creado y que era único. Se despidieron con una sonrisa. Rebeca llegó a casa y trató de no pensar en lo ocurrido para no hacerse falsas ilusiones. Se dejó caer en el sillón de su padre; la fatiga la había vencido. Cerró los ojos y recordó la imagen de la Biblia que había visto en la mesita de estudio y trató de deducir si su padre podría estar leyéndola los últimos días, y porqué habría de hacerlo. Ella lo consideraba un hombre inteligente, con un amplio criterio, y no concibió tal posibilidad. Tomó la novela de Mario Vargas Llosa que aún se encontraba en la mesita de estudio. Hojeó algunas páginas y se encontró con la siguiente frase de un personaje: “Aunque yo no sea católica, la filosofía y la moral cristiana guían todas mis acciones, padre”. Esa afirmación le atravesó el alma y la dejó pensativa. Rebeca se vio reflejada con ese personaje pues pensaba lo mismo. Dejó la novela en la mesita y, tras dudar un leve instante, tomó la Biblia. Tuvo la curiosidad por leerla pues muchos amigos afirmaban que cuando lo abrían, en la página que encontraran, siempre había un mensaje de Dios para ellos. Dio un suspiro, la abrió y descubrió en su interior un sobre blanco con su nombre y el de su hermana escrito en él.

 

5

La esposa de Alberto regresó de compras. Tuvo un día muy pesado y lo que quería era llegar y abrazar a sus dos hijas. Dejó las bolsas en la cocina y se dirigió al estudio de su esposo para ver si alguna de ellas se encontraba ahí. La habitación estaba vacía. Encontró un sobre abierto en la mesita de estudio y a un lado una hoja extendida. Reconoció la letra de Alberto. En ese momento ellas llegaron y se acercaron con una sonrisa. Habían tenido una larga charla en el patio, cada una contó la experiencia por la que estaba pasando. La nota de su padre vino a reavivar el fuego que se estaba apagando en sus corazones. Comprendieron el mensaje y eso les provocó alegría nuevamente pues habían descubierto, además de una presencia divina en sus vidas, un nuevo significado en la Navidad: que no importa lo que se haga o se tenga en ese día pues cuando se tiene a un ser amado, ya sea su presencia o su recuerdo, siempre habrá una esperanza para reencontrarse con la felicidad. La esposa de Alberto suspiró profundamente, las abrasó a las dos, les dio un beso en la frente, y comenzó a leer.

“Ana Lilia, Rebeca, muy amadas hijas. Antes que todo quiero decirles que las amo profundamente y que son, y siempre han sido para mí, junto a su madre, la razón de mi existencia. Esta enfermedad que me ha tomado a la fuerza, me tiene destinado. No quiero ser sorprendido; por eso quiero compartirles algo. He notado en ustedes una incertidumbre que no las deja tranquilas. Han buscado la verdad, cada una con sus propios problemas, lo he notado, pues siempre estoy al pendiente de lo que hacen. Yo también fui alcanzado por las dudas, y en ese proceso de búsqueda surgieron aún más preguntas, pero también encontré respuestas. Paul Valéry afirmó en algún momento: “Lo que ha sido creído por todos siempre y en todas partes, tiene todas las posibilidades de ser falso”. Yo no estoy de acuerdo. Ahora que llega la Navidad, ha nacido en su madre y en mí una necesidad única, como siempre ha sucedido en los seres humanos: el reencuentro en todos sus sentidos; consigo mismo, con la pareja, con la familia, con el mundo. He descubierto que existe un espíritu implícito en las cosas, una fuerza motora, una voluntad, como se le quiera llamar. Algunos lo llaman Dios; otros, Destino. La verdad está en cada uno de nosotros. La Navidad, como el Paraíso, como Dios, a la vez que inexistente, es tan real como cada cual lo desee, dependiendo de los sueños, el valor y el ánimo para encontrarlo. Yo les quiero dejar a ustedes la siguiente verdad que hice mía y ahora se las comparto: El amor es el sentido último de la existencia humana; y retomando la frase de Valéry, “Lo falso sostiene a lo verdadero”, podría decir que si la Navidad, Dios o el Destino no existen, a mí me han ayudado tanto en mi vida, pues descubrí en estos días una inspiración para enfrentar esta enfermedad, pues sea cual sea el resultado, es el amor que siento por ustedes, mi familia, lo que me hace sentir plenamente vivo. Con ustedes por siempre, Alberto.”