Salvador Saenz

El amor es el demonio

 

Salvador Sáenz

Para Rafaela

 

 

Esa noche, después de cantar en el bar La Tumba, estaba inconsolable. Hice una llamada a un celular y al poco rato llegó Carolina, una amiga muy querida, para tratar de calmarme. Le conté mis penas:

—La neta, Caro, la sigo amando —le confesé con un amargo sollozo, después de darle el último trago a mi cerveza.

—¿Otra vez con lo mismo, Javier? —me regañó—. Ya pasó más de un año y sigues aferrado todavía. Eres tan cursi que de seguro ya estuviste encerrado en tu cuarto escuchando canciones románticas y te pusiste a chillar como vieja. ¡Cómo eres pendejo! Te he dicho miles de veces que te estás negando la oportunidad de volver a sentir algo especial con otra mujer, hay tantas chavas que se mueren por andar contigo ¡y tú no te das cuenta!

—¿Y cómo la olvido, Caro? A ver, dímelo tú —me defendía.

—¡Pues despréndete de su recuerdo, idiota! —dijo mientras me levantaba bruscamente del asiento, sacaba de mi cartera la foto de ella y la rompía en mis narices—. Tu lamento no hace otra cosa más que alimentar tu inseguridad. Y te apuesto que en este momento de tu vida, por tu estúpida depresión, no serías capaz de hacer que se te pare el pito ni aunque te pusieran en la cama con Halle Berry.

Las palabras de Caro eran contundentes, tenía esa fina sutileza de decir las cosas con un alto grado de sarcasmo e irreverencia, por eso me encantaba platicar con ella. Siempre me alivianaba con su franqueza: es neta y no se anda con pendejadas. Ella sabe todo de mí, a ella y a nadie más le platico todo esto porque es la única mujer que me escucha con toda la atención del mundo. Caro sabe que la pasión más grande en mi vida es la música, a la que me entrego como un creyente a su religión, a la única que adoro y le rindo culto todos los días. Ella conoce la combinación surrealista de mis quehaceres: canto en bares los sábados por la noche y entre semana trabajo en la Corporación de Justicia. También se burla de mí: “Tú estás loco, ¿cómo puedes trabajar en dos cosas tan distintas? ¡Eres un artista y un burócrata al mismo tiempo! ¿Cómo puedes mirarte al espejo todos los días y tragarte esa patraña?” “Todos los creadores —me justifico— estamos condenados a eso: No podemos vivir sólo del arte porque nos morimos de hambre. Mira, yo prefiero ese trabajo mediocre, que no traer lana para el desmadre de los fines; además, para algo tenían que servir una palanca de mi madre y mi carrera trunca de derecho, ¿no?” “Javier —insistió Carolina—, no te hagas güey. No puedes servir a dos amos. Mejor acepta que te sientes cómodo en tu burbuja de confort, siendo mantenido por el gobierno.” Como ya era costumbre, Caro venía a significar para mí algo así como la perfecta materialización de mi conciencia, que me recordaba en todo momento mi falta de convicción para lanzarme como cantautor, puesto que tenía arrumbadas en la despensa del olvido mi docena de temas inéditos que sólo ella conocía. Sus palabras me conmovieron tanto como si las hubiera pronunciado un mismísimo profeta en la cima de una montaña, o lo que es parecido, un trovador arriba del escenario. Carolina sabe también de mi gusto por el deporte; de mis locas escaladas al cerro los domingos por la madrugada; de mi deseo irreprimible por lecturas comerciales; y de mis extraños arranques por escribir poesía, en las noches de insomnio. Ella tiene la enorme capacidad de levantarme el ánimo (y no sólo el ánimo, ¡con ese cuerpazo!) cuando me se siento de la chingada. Esa noche, mi amiga tuvo que soportar mis lloriqueos y escuchar con cierto fastidio la cantaleta de siempre, sobre el dolor que me había causado la separación con Rocío, a la que no podía olvidar todavía.

Después de darle muchas vueltas al asunto; de explicarme mil teorías psicológicas al respecto; y como siempre, de no encontrar ninguna respuesta clara para mi destino, volvimos a una vieja charla sobre cuestiones metafísicas y que se resume en lo siguiente: Carolina había llegado a la conclusión de que eso de tener sexo y hacer el amor no eran sino dos formas distintas, una realista y la otra romántica, de nombrar a la misma cosa.

—A ver, ¿cómo está eso? Explícame —le pedí aquella ocasión desconcertado.

—Sí, Javier: los hombres y las mujeres tratan de diferenciar, emborrachados en la cursilería, el simple acto de coger. Pero estamos hablando de lo mismo, sólo que a veces nos pasamos la vida idealizando ciertas situaciones y al último terminamos reprimiendo nuestras pasiones. Mientras yo tenga un orgasmo rico cuando me lo haces, por mí puedes amar a las que quieras.

Quedé impactado con sus palabras, estaba sorprendido de que fuera ella, y no yo, la que expusiera toda esa visión modernista sobre las relaciones sexuales. A su lado me sentía como la Madre Teresa de Calcuta, viviendo con ideas conservadoras en una época medieval. Caro ya andaba muy ebria, por eso se sinceraba conmigo, nos llevábamos a toda madre. Y a pesar de mi desconsuelo, no era un tonto: sabía perfectamente lo que me estaba proponiendo. Ya me lo había dicho una vez en el bar: que yo le gustaba, que estaba enamorada de mí, que le fascinaba mi música cuando tocaba en los bares porque según ella yo cantaba con filin y le provocaba, con mi pura voz, sensaciones placenteras en su cuerpo, lo que otros no lograban siquiera con su pito. Cuando me lo confesó, me hice el pendejo porque su declaración me puso nervioso, preferí no hacerle mucho caso de momento. Sin embargo, en otra ocasión no me aguanté la curiosidad y le pregunté directamente por qué un hombre como yo, apasionado y bohemio, podría gustarle a ella, que era más fría y calculadora, y me respondió: “Pues ya ves, así somos las mujeres de complicadas, decimos una cosa y hacemos otra. Nunca trates de entendernos porque sólo te causará frustraciones y borracheras.” A pesar de lo mucho de nuestro cariño, yo sólo la veía con ojos de amistad. No podía irme a la cama con un ser al que yo consideraba mi Ángel Protector, al menos no por el momento. Habíamos coincidido en muchas parrandas y éramos los únicos, entre toda la bola de camaradas, que nos comprendíamos mutuamente; aunque, claro, dejaría de ser hombre si no lo confesara: con esos escotes provocativos y ese culito tan redondo y suave, por supuesto que al verla mis pensamientos se revoloteaban en el fango de la morbosidad como golondrinas en celo. Muchos cabrones andaban tras ella pero los mandaba a volar cuando salía conmigo, eso me halagaba un chingo.

Nos tomamos varias cervezas más mientras escuchábamos a un trovador que nos lanzaba unas canciones de Silvio Rodríguez. La llevé a su casa y, antes de despedirnos, me robó un beso cachondo que yo, confundido y mareado, no quise evitar.

—Entonces, Caro —alcancé a pronunciar en medio de mi caos momentáneo—, con todo esto que me has explicado sobre el sexo, ¿para ti que es el amor?

—El amor es el demonio, papito. Se apodera de ti cuando menos te lo esperas. Te habla al oído todo el tiempo y te mal aconseja siempre. Pero el sexo es una cosa muy mundana que hasta los animales disfrutan.

Antes de cerrar la puerta se me quedó mirando un buen rato en un mensaje que yo interpreté así: “cuando quieras, ya sabes”, que yo me llevé a la cama y me dejó pensando toda la noche. Cuando al fin logré dormir, una inconfundible voz infernal perturbó mi sueño y vino a simbolizar, quizá, algo así como la primera revelación del diabólico deseo que empezaba a seducir a mi pobre conciencia: “No le des muchas vueltas al asunto, maestro. Hazle caso a tus huevos… ellos saben bien lo que te conviene.”

 

Cantar en bares te hace popular con las chavas. Todos los músicos lo sabemos: mientras estás cantando, alguna mujer te lanza una mirada perversa que te desnuda con la imaginación; alguien te pide en una servilleta, además de alguna rola en especial, que te acerques a su mesa cuando termines tu concierto. Y así conoces a muchas mujeres hermosas. Ellas (no todas, por supuesto) te piden que interpretes canciones modernas, de la radio; se emocionan cuando lanzas unas de Sin Bandera o de Yahir: empieza el griterío por todos lados. Muchos amigos me tachan de convencional. Dicen que mi repertorio tiene puras canciones comerciales, estúpidas y cursilientas. Y es la verdad, no voy a negarlo, aunque a mí me gusta la trova, el jazz y el blues. Pero, ¡no nos hagamos pendejos!: la neta con los hits de la radio conquistas a las viejas, quiero decir, a las muchachitas lindas y buenotas. A muchas fans les encanta cuando toco, por ejemplo, alguna tonadilla rockera y se ponen a bailar y a cantar conmigo. Y esto viene precisamente al caso porque en una de esas noches escandalosas, que se viven normalmente en La Tumba, conocí a Rocío: la mujer por la que estuve a punto de dejar los escenarios artísticos y cambiarlos por los acogedores brazos del matrimonio. La recuerdo como si estuviera conmigo todavía: su mirada penetrante, con esos ojos verdes inyectados y su cuerpo ligero como una frágil cuerda de nylon. Ella me escribió un recado diciéndome que me esperaba a la salida del bar. Estaba con una amiga suya y me pidieron acompañarlas a una fiesta. Me preguntaron cuánto cobraba por animar una velada y yo de sangrón les dije que para unas chicas tan bellas como ellas, hasta pagaba por cantar. Las dos se rieron y se miraron, al parecer les caí bien de entrada. Aquella noche nos emborrachamos, cantamos hasta la madrugada y al terminar, Rocío y yo nos fuimos a la cama, así de rápido fue el desmadre. Unos días después nos hicimos novios “formales”, ella así lo quiso, y nuestra felicidad duró como seis meses hasta que terminó, de pronto, como el impredecible desenlace de una canción de Norah Jones. Un día comenzó con los reproches, iniciando con un sutil: “Necesito espacio, quiero salir con mis amigas a la disco, me molesta que desaproveches los fines de semana y te la pases tocando en bares”, para luego rematar con un fatal “¡Es que no me entiendes!” que me caló hasta las costillas, como si me hubieran madreado en una redada. Ni me dio chance de defenderme, no alcancé a decirle que podía salir con ellas a divertirse, sin ningún problema, pero al parecer iba decidida a darme el cortón sin esperar explicación por parte mía. Unas semanas después de la separación, tras hacerme el loco y simular que no pasaba nada, me llegó de golpe la depresión. A pesar de que yo salía con amigas y andaba de cabrón —en todas las fiestas, acostándome en ocasiones con alguna de ellas—, no era lo mismo. Yo seguía pensando en mi Rocío, tanto la extrañaba. Mis presentaciones en los bares se pasaban de dramáticas y muchos gerentes se empezaron a disgustar conmigo porque sólo tocaba canciones tristes. “Estás espantando la clientela, Javier —me dijo uno de ellos—. ¡Hasta se te oyen los mocos cuando estás cantando, cabrón!”

En una de esas parrandas también conocí a Carolina: una rubia a toda madre que llegué a considerar no mi amiga, sino mi carnala. Estudiaba el noveno semestre de psicología. Platicábamos mucho y ella no se perdía ninguno de mis shows a donde yo cantara. Cuando supo lo de mi separación, me hablaba todos los días a mi celular para consolarme, y yo me dejaba consentir por ella. Pero cuando me confesó que estaba enamorada de mí, puse una cierta barrera entre ella y yo (ahora que ya pasó todo aquello digo: ¡qué pendejo fui, me hice mucho del rogar!). Y es que no quería involucrarme sentimentalmente con Carolina porque la quería demasiado y no deseaba lastimarla, pues andaba muy confundido; aún cuando ella, tan sensual y provocadora, hacía todo lo posible por acostarse conmigo: En ese entonces era yo todavía un romántico insobornable.

 

Me quedé pensando en las palabras de Caro. Hasta ese momento, con la única mujer con la que me había sentido sublime en la cama era por supuesto con Rocío. Lo hacíamos en todos lados y a capella, o sea, sin condón, nos valía madres: en la calle, en mi casa, con su abuelita los domingos, en un autobús, en un elevador, ¡hasta en la iglesia!... y es que el elemento definitivo que le daba sabor a todo aquello era el temor a ser descubiertos por la gente, por sus papás (que por supuesto no sabían de nuestros deslices pasionales); todo eso le daba magia al acto.

¿Sería la falta de determinación en mí lo que obligó a Rocío a tomar la decisión de dejarme? Una vez nos fuimos a orillas de la ciudad para no ser alcanzados por las miradas de nadie. Y ahí, en pleno llano, le subí la falda, me desabroché el cierre del pantalón y me la trepé. Gritaba como loca, no le importaba, eso me encantaba de ella, que era tan desmadrosa como yo. Pero nos cayó la patrulla en pleno faje. Yo traté de mostrar mis credenciales de la Corporación (uno como funcionario público siempre trata de impresionar a sus camaradas fingiendo ser influyente) pero los polis de ahora son bien cabrones, ya no se apantallan con nada. Tuve que darles mis últimos trescientos pesos de la quincena para no darnos el quemón con un periodicazo. Yo debí ser más enérgico, enfrentarlos, hacer uso de mi legítimo derecho al abuso de poder, aunque me denunciaran. Pero no, no tuve la suficiente determinación. Como no la tuve tampoco para pedirle que nos casáramos, o para dejar los bares y buscar un productor para mi disco; o para salirme de la Corporación y pedir una oportunidad en la Ibero para terminar mi carrera y recibirme. Ella sólo se quedó callada como una tumba pero yo sé que por dentro venía reprochándome un montón de cosas. Y así me lo hizo saber Carolina en la otra Tumba, es decir, en el bar, pues me aseguró que mostrarse inseguro ante una mujer puede resultar fatal en estos casos.

—¿Para ti qué tiene de especial hacer el amor? —me preguntó, intempestivamente, Carolina en el bar.

—No sé, son muchas cosas. Lo único que te podría decir es lo que viví con ella. Cuando hacíamos el amor no planeábamos nada, salía de repente, a veces ella me lo proponía, a veces yo. En mi casa yo siempre dejaba en mi cuarto algo listo para cuando llegara a ofrecerse: música cachonda, flores en puntos estratégicos. Es más, hasta ponía veladoras y dejaba la habitación a media luz para hacerla lucir más apropiada. Esto te lo confieso para que te des una idea de lo mamón que me ponía por ella.

“Se me ocurre —continué con mi discurso— que una de las diferencias entre sexo y hacer el amor es, por ejemplo, la comunicación. No hablo del lenguaje de las palabras, sino de los cuerpos: eran ellos los que dialogaban en medio de un baile erótico; se respiraban, gritaban y volvían al silencio para contemplarse nuevamente. No somos animales para no sentir, como piensas tú: el hombre ennoblece y sublima el sexo con amor.”

Carolina no pudo contener la risa al escuchar mis alegatos y se tapó la boca para reprimir una carcajada. Era obvio que me veía como su pobre niño romántico.

—Cuando estaba con ella —seguí narrando— no pensaba en nadie más; por ésta, te lo juro. Me sentía pleno, y es que Rocío me llenaba completamente. No es por nada, pero en ocasiones ella terminaba hasta tres veces seguidas antes que yo. En otras, yo llegaba bien caliente y de plano le decía “no mames, no aguanto, yo acabo primero, mi reina, luego tú.”

“Lo más sensual, pienso, es lo más tierno. A veces le escribía canciones o poemas; ahora con nadie más me nace hacerlo, me da flojera. Cuando descubres a una persona y sientes como una suerte de revelación, no piensas demasiado las cosas: basta con mirarla a los ojos y descubrir que el sexo no es el fin, sino sólo un medio para llegar a ser felices. En pocas palabras y para terminar pronto: Hacer el amor es la entrega libre y sincera de ti mismo a tu pareja.”

Después de soltar sonora carcajada, burlándose aún más de mis boberías, Caro se acercó demasiado a mi boca y me dijo: “Por eso me encantas, papito, por tontito” y me robó un beso apasionado que hizo que se me abultara el arco de mi pantalón.

—Te voy a decir algo —me dijo cuando terminó el beso—. Lo que me acabas de decir te lo da el sexo también. Tú a mí me fascinas y todo eso te lo puedo dar. Puedo hacerte sentir exactamente lo mismo aún sin amarte. Para lograrlo (y va en juego mi teoría psicológica al respecto) se necesitan las condiciones adecuadas, el ambiente propicio para tener relaciones: Basta con estar sumergidos en el lugar que más te haga feliz, un sitio donde te sientas en paz, pleno y en armonía con el universo para que el acto se concluya a plenitud. Es más, te reto a probarlo.

Más obvio no podía ser. Carolina me estaba proponiendo que tuviera relaciones con ella y me desengañara de una vez por todas de ese mundo hipnotizador en el que yo vivía por el amor de Rocío. Me estaba envolviendo en un sutil juego para poner a prueba sus teorías psicológicas estudiantiles: a mí, un ser vulnerable e indefenso; a mí, que me tomaba como su pobre rata de laboratorio, para luego, hacerme sufrir más en mis ya de por sí amolados sentimientos. En otro sueño, apareció la misma voz endiablada de la otra vez y me retó: “Acuéstate con ella, hombre, dale lo que pide. ¿O qué, a poco eres putito?”

 

No puedo negar que al día siguiente me sentí enrollado en un verdadero dilema. Por un lado estaba la posibilidad de reencontrarme con mi exnovia, pues ya su recuerdo me empezaba a fastidiar la existencia, y por otro, cabía la opción de iniciar una nueva relación con mi mejor amiga. “¿Cómo poder estar tranquilo con tales proposiciones, provenientes de una mujer como Carolina, impresionante, inteligente, bellísima, buenísima?”, reflexionaba sentado en la punta del cerro, mientras me purificaba con toda la energía positiva de la naturaleza, una tarde en que no tenía otra cosa mejor que hacer. No la pensé tanto para aceptar su propuesta, pues me atraía demasiado. Pero por otro lado también había el riesgo de perder la amistad por una acostada, situación que me tenía con pendiente pues yo la quería un chingo y me preocupaba que fuera a terminar mal este asunto. Al fin y al cabo pudo más la rebeldía de mis hormonas que mis confusiones existenciales y resolví seguirle el juego a Caro; total, si ella estaba tan segura, tal vez tenía razón. A lo mejor sus conjeturas tenían algún sustento sólido en sus estudios y yo estaba divinizando, como casi todo el mundo, el acto de tener relaciones. Para disfrazar la situación y no decirle tan secamente que nos acostáramos (la verdad me hacía pendejo, no era necesario ser psicólogo para adivinar de inmediato mis intensiones), le propuse ir la madrugada del domingo a escalar el cerro: a ese día y a esa hora era raro que alguien se subiera, situación muy conveniente para los dos porque, en primer lugar, cumplía perfectamente el requisito de estar en un “sitio donde te sientas en paz, pleno y en armonía con el universo para que el acto se concluya con plenitud”, según Caro; y segundo, y más importante por mi situación austera: para calmar las ganas insaciables de cogernos mutuamente sin tener que pagar un costoso motel.

 

La noche del sábado fue demasiado estruendosa en el bar La Tumba. Primero tocó un trovador, luego yo, después una banda de rock y al último unos puñales que tocaban flamenco. Saliendo, nos fuimos a otra parte unos amigos, Caro y yo, a seguir el desmadre. Nos terminamos tres cartones de cerveza. Íbamos en dos coches; Caro y yo en el asiento trasero de uno de ellos. A la sorda, me tomaba de la pierna y me frotaba despacio, ya andábamos los dos bien calientes a esas alturas de la noche, por eso les pedí que nos llevaran a mi casa. Nos subimos a mi carro y seguimos la parranda ella y yo solos.

—Vamos al cerro —le dije de repente.

—¿A estas horas? —se hizo la inocente.

—Sí, quiero que veas cómo brillan las estrellas desde allá arriba.

Caro pegó un grito de risa y aplaudió diciendo que sí; nos terminamos el último six. Estacioné el carro en las faldas del cerro, nos bajamos como pudimos y empezamos a subir. Se oían aullidos de coyotes a nuestras espaldas, pero no nos importó demasiado. De pronto la detuve: le regresé la mirada perversa que tantas veces me lanzaba en el bar. Ella se arrojó a mis brazos y me dio un beso que se prolongó por varios minutos. Me desabrochó el pantalón, yo le quité la blusa, ella me arrancó la camisa y yo le subí la falda. De pronto nos acostamos entre las piedras frías, que para ese entonces ya ni nos calaban. Me sedujo con sus palabras tiernas. Me acariciaba el cabello y yo hacía lo mismo con sus pechos. Me besó desde los brazos hasta los muslos. Y empezó a chupar. Pasaron los minutos, ella gemía y yo le imitaba. La monté sobre mí y duramos otro rato más con el frotamiento mutuo de los sexos; pero el orgasmo no llegó nunca para ninguno de los dos. En un último intento, Caro me tiró de nuevo y se sentó sobre mi pecho y comenzó un baile erótico que me encendió de inmediato, acercaba su sexo a mi boca pero lo alejaba cuando yo intentaba succionarlo. La penetré de vuelta, encima de mí, pero aquello duró los minutos suficientes para darnos cuenta de que no iba a terminar nunca.

Nos fuimos al coche, resignados. No dijimos palabra alguna. La llevé a su casa y antes de despedirnos me miró a los ojos y me dio un beso que me robó el último aliento albergado en mis pulmones.

—Tú teoría sobre el sexo sin amor falló, ¿no crees? —le dije a Carolina Freud.

—Sé lo que estás pensando —me dijo antes de entrar—. Pero yo sentí que se lo hiciste a ella y no a mí. Por eso nunca te veniste. Sigues aferrado a su recuerdo, para qué te haces pendejo.

Ya no supe qué responderle y no tenía ganas de hacerlo. No me atreví a recordarle nuestro convenio, de no tomarlo tan en serio. Cerró la puerta casi en mis narices y yo me regresé a mi casa con la música de Lenny Kravitz a todo volumen, para no escuchar mis propios pensamientos. Antes de dormirme, fui al baño a masturbarme mientras reflexionaba lo siguiente: “¿Qué hicimos mal? Una de dos: O ella no estuvo lo suficientemente lubricada, o yo de plano me estoy volviendo impotente.”

 

Algunos días después de aquel encuentro pasional, al no tener ninguna noticia sobre Carolina, comencé a extrañarla: cantar en bares te hace de alguna manera más sensible de lo normal, sobretodo cuando la gente te pide canciones de adoloridos a cada rato. Varias veces estuve tentado a mandarle un mensaje por el celular pero yo mismo reprimía el impulso, era la maldita voz que no me dejaba en paz, me decía “no chingues, maestro, es muy pronto, no te entregues tan fácilmente”, pero otras veces también me decía “bueno, ni hablar, la necesitas, ¡qué le vamos a hacer!”, no sabía muy bien por qué. Pero un día, sin esperarlo, ella apareció en el bar mientras yo estaba cantando y me regaló su sonrisa provocadora y ya no fue necesaria ninguna explicación entre los dos. Vencí mi falta de determinación: no había acabado siquiera la canción que estaba interpretando, me bajé del escenario y la saqué del bar para decirle que me gustaba un chingo. En ese momento supe que quizá dejaría la Corporación y me iría muy mal en los siguientes meses, pero no me importó demasiado. Después de eso, fui haciendo a un lado el estigma de la amistad y empecé a verla con ojos más cachondos hasta que me sentí perdidamente enamorado de ella y nos hicimos novios. Un día, después de salir del antro, nos fuimos a mi casa: esa noche nos acostamos y tuvimos como cinco orgasmos cada uno. Esta situación me puso a pensar lo siguiente y viene a representar para mí algo así como una conclusión a todo esto:

¿Qué fue aquello que me hizo rechazar ¡en una sola noche! a una chava que me escribió un recado en una servilleta diciendo “me gustas, mi rey, vámonos a otra parte”; a una morena que se acercó a pedirme una canción e intentó robarme un beso en la boca pero yo me saqué; y para rematar, a Rocío, según yo El-gran-amor-de-mi-vida, que apareció de repente y me dijo, “lo he pensado mucho, me he dado cuenta que te sigo amando y quiero volver contigo”? ¿Por qué si todas ellas se me pusieron de pechito las mandé a la chingada una por una, y peor aún, no sentí ninguna especie de remordimiento al hacerlo? Cuando salí con Carolina para seguir el desmadre juntos, ya lo tenía todo bien clarito: era el pinche demonio que se había apoderado otra vez de mi pobre alma condenada.