Salvador Saenz

Dos misiones para Santa Cecilia

Salvador Sáenz

Para Marisa

 

 

Me dijeron que para ser misionero había que tener dos cosas en la vida: una, contar con un espíritu trotamundos para arrojarse a descubrir nuevas tierras; y la otra, tener mucha fe, y que esa fe sea más fuerte que el afán aventurero porque si no, se corre el riesgo de caer en tentación de ir a los ranchos nomás a conquistar a las otras misioneras. Y como mi madre me decía que yo era un holgazán bueno para nada, que ya no iba a misa y me la pasaba de vago todo el día, pues ahí tienen ustedes que me fui de misionero sin muchas ganas al pueblo de Santa Cecilia.

De aquella experiencia me quedó sólo una fotografía donde estamos Rosalinda y yo montados sobre un burro; pero cuando la veo, el recuerdo proyecta en la memoria toda una película, una serie de fotos que se prolongan en el pensamiento hasta formar la historia completa: La primera de esas fotos comienza cuando mi madre me llevó en contra de mi voluntad a un grupo de jóvenes en la parroquia del Centro. Ahí el padre Armando, una persona muy culta que saludaba a todos con un abrazo quebrantahuesos, nos hablaba casi a gritos sobre la Semana Santa, para que nuestra fe se inflara como un globo; con estas pláticas y las dinámicas de grupo que hicieron los coordinadores (en unas jornadas maratónicas de seis horas encerrados) estábamos aprendiendo a transmitir el Evangelio con verdadera pasión.

—¡Bienaventurados los jóvenes de espíritu, que de ellos será el reino de los cielos! —pregonaba el padre Armando con los ojos cerrados, como poseído— ¡Que el Señor destape las orejas a los que no se bañan, y que el Evangelio entre directo a los corazones de todos ustedes!

La sala donde nos reunieron lucía acogedora, había santos por todas partes. Ese aire que se respiraba, mezclado con el incienso de las veladoras, provocaba la tranquilidad necesaria para permanecer en un estado de continua oración. Todos estábamos atentos, miré a mi alrededor y vi en el rostro de las monjas una luz que provenía tal vez del fondo de sus almas, viendo al padre Armando como enamoradas; pero quizá fue mi imaginación (en el frenesí religioso que me estaba seduciendo en ese momento solemne) porque se me figuró ver a una de ellas guiñarle el ojo al sacerdote, mientras él elevaba su voz en el recinto.

Una de las muchachas que coordinaba las reuniones era una morenaza. Ella era muy creyente, se le veía en su mirada tan noble. Se llamaba Rosalinda. De no ser porque estábamos en un recinto sagrado yo ya le habría propuesto que nos largáramos a otro lado a platicar, pero mi alma se estaba llenando de una paz que no había sospechado siquiera, y escuché con verdadero fervor las palabras del padre Armando, haciendo a un lado a mi estómago que se retorcía de hambre.

Después de la “misa de envío”, que duró como tres horas con sermones y experiencias de algunos misioneros, se asignó al azar un rancho por cada equipo: Pretendíamos abarcar todos los pueblos de Matamoros; al sur, al poniente, pasando por San Miguel, Tailandia, Corea, Filipinas, y otros ejidos con nombres de países asiáticos; y por simple suerte o por obra del Espíritu Santo, me asignaron en el equipo de Rosalinda y nos enviaron a aquel lugar seco, como todos ellos, pero que atiende de buena gana a los jóvenes que el padre Armando se digna en enviar: Santa Cecilia de la Piedad y Consuelo Eterno de Pecadores.

De Santa Cecilia, como lo llaman todos de cariño, ya me habían contado algunas anécdotas unos compañeros que les tocó ir en años anteriores: me hablaron de los mormones, de los bailes en la noche, de las muchachas que lo sonsacan a uno de llevarlas al estanque a bañarse; todas esas cosas que a uno le gusta oír cuando se sale a la aventura, porque de lo que se trata es de, en efecto, hablar del Señor, pero no está demás complementarlo con la buena diversión y darse una escapada por lugares desconocidos.

Cuando llegamos al pueblo de Santa Cecilia, los compañeros de mi equipo, que andaban tras las faldas de unas muchachas de otro rancho, nos dejaron a Rosalinda y a mí solos al pie de una capilla. Y aunque Rosalinda los amenazó con reportarlos ante el padre Armando, tuvimos que sacudirnos el polvo porque la camioneta arrancó repentinamente y nos abandonó, sin darnos oportunidad de reclamar. El calor era insoportable.

—¿Y ahora qué vamos a hacer, Rosalinda? —dije a mi compañera aparentando inocencia.

—¿Cómo que qué, Alberto? ¡A predicar el Evangelio!

Estas palabras, lejos de provocarme desconfianza, me causaron simpatía por provenir de una muchacha que se veía dispuesta a darlo todo por servir al Señor. Rosalinda no representaba la imagen que yo me había formado de las misioneras, al contrario, contrastaba con todas las mujeres que alcancé a ver en la parroquia: Era simpática, bonita, tenía buenos principios y sentimientos nobles. Pero lo que más me conmovía de ella (una vez me brotaron lágrimas de la emoción, lo juro) era que ¡estaba buenísima! Esto ya era ganancia, al menos para mí, que estaba iniciándome en los caminos de Dios.

No vimos a nadie al comienzo. Un perro se nos acercó y tomamos nuestras maletas para que no las fuera a orinar. Le dije a Rosalinda que habíamos llegado a un pueblo fantasma, pero ya cuando perdíamos las esperanzas, apareció Micaela, una mujer de edad avanzada que nos invitó a instalarnos en su hogar porque según ella era la encargada oficial de atender a los misioneros que llegaran a Santa Cecilia.

La casita de Micaela era pobre, pero limpia: pude notar que había arreglado las habitaciones con esmero y se lo agradecimos profundamente. Rosalinda se quedaría en un cuarto amplio, al lado del mío, y no sé por qué imaginé muchas cosas que podrían suceder por la noche si yo… Recé un padrenuestro para lavar mi conciencia llena de cochambre.

Me acordé de hacer un recorrido visual por Santa Cecilia, pues cuando se va a las misiones se debe hacer un “paseo inicial” para ver qué terrenos estábamos pisando, según nos aconsejaron los coordinadores. Pensé en invitar a Rosalinda a que me acompañara, fui a su cuarto y la vi cambiándose: Su imagen semidesnuda me robó el aire por unos segundos y, a pesar de la impresión que me causó su cuerpo tan bien formado, alcancé a salir con cuidado para que no se diera cuenta de mi indiscreción; afortunadamente ella estaba de espaldas. “¡Qué buenísima estás, Rosalinda!”, dije para mis adentros mordiéndome el labio y apretando el puño, en medio de un suspiro liberador. Ya repuesto del impacto hice como que toqué la puerta y la llamé. Cuando me recibió, le expliqué lo del recorrido y salimos a las calles, o mejor dicho, a las veredas de Santa Cecilia.

Ya estaba anocheciendo, el sol se metía por detrás de los pinabetes que rodeaban el pueblo. Había hombres tomando cerveza en una esquina y le dije a Rosalinda que mejor nos fuéramos por otro lado para evitar algún contratiempo;  pero mejor hubiera cerrado la boca y así Rosalinda no habría visto aquella reunión de ateos malvivientes. Ella muy quitada de la pena me dijo:

—¡Qué bien, Alberto, es nuestra oportunidad de convertir a estas criaturas de Dios!

Era obvio que Rosalinda era una niña inocente. Sé que mi fe era débil en esos momentos, por no admitir que yo era un cobarde; pero una muchacha tan hermosa como Rosalinda en medio de una bola de borrachos ¡era un crimen! Fue inútil tratar de detenerla: Rosalinda iba guiada por la mano del Señor. Ahí nos tienen a los dos (yo con los ojos cerrados esperando lo peor y Rosalinda leyendo un párrafo del Nuevo Testamento) redimiendo a los borrachos, que sólo veían las piernas de mi compañera. Cuando por fin pude arrebatarla de las garras de los lobos —hambrientos de carne fresca—, Rosalinda se sintió orgullosa por su noble acción:

—Lo ves, Alberto, el Señor habla a través de nuestra boca. Es Él quien nos conduce.

Yo no lo dudé, por supuesto. Pero también pensé que si Rosalinda continuaba con sus apasionados discursos delante de cualquiera, nos iba a causar algún problema. Ya de regreso a la casa de Micaela, reflexioné tantas cosas. Una de ellas era una cuestión que no me dejó tranquilo una vez que intenté pegar las pestañas, tratando de conciliar el sueño; y era el hecho de por qué había llegado aquel rancho de carencias cuando en mi casa tenía todas las comodidades al alcance de mi mano: Al ver el rostro de Rosalinda, desaparecían todas esas cuestiones filosóficas de inmediato.

 

Poco a poco fuimos conociendo a las personas de Santa Cecilia, tan buenas gentes que son. Todas las familias nos recibieron con gusto. Unos nos invitaban a desayunar, otros a comer. En las reuniones, el señor de la casa en turno aprovechaba para saber cómo andaba la ciudad; la señora platicaba de las costumbres del pueblo, cuando representaban La Pasión; y otros se quejaban de que el padre Armando sólo asistía a Santa Cecilia para recoger la limosna y dar misa cada dos o tres meses.

Las muchachas de por allá me fueron a sacar de la casita donde nos alojábamos porque querían que las llevara de paseo; yo les dije que no podía, pues sólo había llegado al pueblo por lo de las misiones y me vería muy mal si salía con ellas, pero pronto me convencieron de lo contrario. No se qué sentimiento de culpa me forzó a pedirle permiso a Rosalinda (tal vez su experiencia en misiones me obligó a hacerlo), un permiso que por supuesto me negó con la pura mirada cuando se lo conté. Sin embargo, creyendo que no le hacía mal a nadie con una escapada fugaz, me fui con ellas al estanque de Las Palmas, una bonita parcela que se encontraba cerca del pueblo. Nos bañamos todos muy a gusto. Las muchachas me perseguían en el agua para jugar a los caballazos y para zambullirme con ellas. Una mujer, creyendo quizá que me tomaba de la mano (quiero suponer eso), me agarró otra parte del cuerpo más blanda que luego se endureció. En cierto momento extrañé a Rosalinda, tengo que confesarlo, pues a pesar del poco tiempo que llevábamos juntos ya la sentía como mi novia. Nos regresamos muy temprano porque la gente del pueblo, bien me lo advirtieron, si uno hacía cosas extrañas, que no concordaba con nuestra misión, poco a poco se iba molestando. Cuando llegué a la casa, Rosalinda no me dirigió la palabra en toda la noche. Ella estaba organizando en unos papeles lo que debíamos hacer en la Semana Santa: el Lavatorio de Pies, la Crucifixión, y todo lo demás. Pensé que si platicaba con Micaela, Rosalinda se acercaría con nosotros y olvidaría lo sucedido. Pero me equivoqué. Micaela me había contado ya docenas de historias y Rosalinda ni siquiera se asomó. En lugar de eso, alguien tocó la puerta y fui a ver quién llamaba a esas horas tan avanzadas de la noche. Era un hombre como de mi edad, traía sombrero y vi que escondió una cerveza tras él.

—¿Qué se le ofrece? —le pregunté descortésmente, como si fuera mi casa.

—Nada más pasaba por aquí y quise saludar a la misionera.

—Ella ya se durmió —dije casi con rabia.

—Bueno, otro día la visito —contestó el tipo muy campante.

Regresé con Micaela que todavía me esperaba para charlar. El resto de la noche se nos fue en la historia de Santa Cecilia: de sus fundadores, de las primeras gentes, del tremendo esfuerzo que hicieron para que la Iglesia de Matamoros les construyera una capillita, pero al último tuvieron que costearla ellos mismos porque el padre Armando les prometió, mas nunca les cumplió. Cuando Micaela terminó su relato, me fui a la cama. No pude dormir esa noche. Sólo pensaba en Rosalinda, me había conquistado con esa mezcla tan sutil de belleza e inocencia. Ella no sospechaba siquiera lo hermosa que era, cegada tal vez por su amor a la religión. Pero yo sí lo había notado y eso había sido mi condena: Antes de que llegara la mañana, yo ya me había fijado la misión de conquistarla antes de que volviéramos a Matamoros.

 

El amanecer le devolvió a Rosalinda su buen humor; y antes de que yo me levantara, ella fue a sacarme de la cama para que nos pusiéramos a trabajar.

—Ándale, flojito, es hora de preparar las cosas para el Lavatorio de Pies.

Estaban cayendo afuera las últimas gotas de lluvia. Yo no quería levantarme, me costaba trabajo habituarme a los horarios del rancho pues la gente es muy madrugadora: había personas que ya para las seis de la mañana tenían pan horneándose en el cocedor; o también otras que ya volvían de la cosecha con algunos costales de maíz. En mi casa, yo despertaba en vacaciones mínimo a las doce del mediodía. Mientras ella copiaba algunos párrafos de la Biblia para que fueran leídos en la ceremonia, me dijo que yo debía conseguir a las personas que representarían a los Doce Apóstoles. Salí a buscar a la gente y me topé en la puerta a un niño que me esperaba, bailando un trompo. Se llamaba Fulgencio y me dijo que lo mandaba su mamá para que ayudara en lo que necesitáramos. Antes de que yo le explicara lo que íbamos a hacer, el niño dijo algo que me dejó completamente helado, a pesar del calor que hacía.

—Dijo mi hermano que le gusta la misionera y que va a ser su novio.

Esto me llenó de rabia y comprendí que el tipo que había ido aquella noche a la casa era el hermano de Fulgencio. No le dije nada al niño. Lo llevé a buscar a los señores para que nos ayudaran con la misa del Jueves Santo. Platicamos con unos campesinos y ellos aceptaron la proposición. Pero unos se nos rajaron a última hora, porque les daba mucha vergüenza que les lavaran los pies (llenos de juanetes y callos) delante de toda la gente, por eso pusimos a unos niños que estaban mirando la ceremonia desde afuera. Todo salió bien. Al terminar la misa unas señoras lloraron de la emoción: dijeron que habían tenido el lavatorio de pies más hermoso en su historia; pero Fulgencio bromeó con ese veredicto, pues aclaró que nosotros habíamos sido los únicos que logramos lavar los pies de un viejito que tenía años en no bañarse. Eso nos halagó de cualquier manera a Rosalinda y a mí, por supuesto.

A la salida del templo, nos abordó el hermano de Fulgencio. Yo me adelanté al encuentro y me interpuse entre Rosalinda y el tipo aquel.

—Buenas las tenga, señorita misionera —se atrevió a saludar con albur a mi Rosalinda el muy cínico—. Me llamo Santiago y soy hermano de Fulgencio. Vengo a traerle este par de flores para usted. Es para que le vaya bien con lo de las misiones.

Vi con terror que Rosalinda se había sonrojado. Quise recuperar terreno y me armé de valor para marcar los límites que no debía cruzar ese hombre.

—Rosalinda no necesita la suerte de esas flores que te encontraste por ahí tiradas: A nosotros nos protege la bendición de Dios.

Esto me llenó de vergüenza cuando lo analicé después, pero ya lo había dicho y no me arrepentí. Afortunadamente Rosalinda no dijo nada, recogimos las cosas y nos fuimos a casa. En la tarde, olvidando este penoso encuentro, preparamos todo lo referente a la Crucifixión: Conseguimos que una señora nos cosiera unos vestidos para las “lloronas”; instruimos a la muchacha que la iba a ser de “Virgen” (no cuestionamos si en verdad lo era) y ensayamos los diálogos que iba a decir durante la ceremonia; y otro señor nos dibujó el rostro de Jesús para cuando llegara “Verónica” a limpiarle el rostro. Ya sólo quedaba por resolver lo de la cruz y encontrar a alguien que representara a Cristo. Rosalinda me envió a buscar a un carpintero. Salí en su búsqueda con la ayuda de Fulgencio, otra vez. Encontramos a un señor que deseaba cumplir una manda y por esa razón él nos ayudaría a construir la cruz, aunque no fuera carpintero. Yo no vi ningún problema en eso y le dije que estaba de acuerdo. Regresé a la casa con Rosalinda para ver qué otras cosas faltaban.

Mientras abría la puerta, pensé que no se había llegado el momento adecuado para confesarle a Rosalinda que la deseaba. Creí que el episodio con el hermano de Fulgencio me había puesto en una mala posición frente a ella, por eso pensé en hablarle para tratar de reivindicar mi imagen. Fui a su cuarto y la vi peinándose frente al espejo. En ese momento tan glorioso, estuve dispuesto a todo y me acerqué a ella para decirle de una vez que me gustaba. En eso, ella volteó y soltó de golpe una bofetada no con la mano, sino con las palabras que dijo cuando me vio.

—Ya conseguí a la persona que representará a Jesús en el Viacrucis… será el hermano de Fulgencio: Santiago.

Sólo pensar que Rosalinda había hablado con ese tipo, me provocó celos a tal grado que no me dieron ganas de comer, a mí tan tragón que era. Salí de su cuarto, derrotado. Pensé en desechar el propósito de conquistar a mi compañera, pues imaginé que yo no le interesaba en lo más mínimo. Para mi asombro, Rosalinda fue a mi cuarto. Pude ver en su mirada imágenes bellísimas que no pude explicarme en ese momento. Ella se me quedó mirando por un rato con una sonrisa que me pareció inmortal.

—Que tengas buenas noches, Alberto. Eres un buen compañero.

Con estas simples palabras renació mi esperanza. Esa noche dormí tranquilo y tuve un sueño encantador sobre Rosalinda: soñé que ella me tomaba de la mano y nos íbamos al estanque a bañarnos. Los dos nos sumergíamos hasta el fondo, girábamos en círculos y los peces nos acompañaban. Salimos a la superficie para culminar el momento apasionado y las imágenes terminaron en un beso cachondo. Cuando desperté al día siguiente, descubrí que mi pantalonera estaba ligeramente manchada entre mis piernas.

 

Mientras tanto llegó el día de La Pasión. Yo estaba contento por los logros obtenidos, pensé que había cumplido con la misión que me encomendaron y podía regresar contento a casa; además ya extrañaba a mi madre y quería verla aunque me regañara por andar de vago. Cuando se sale a misiones hay momentos donde uno se siento solo. Pero gracias a la gente buena como la de Santa Cecilia, pronto se siente uno reconfortado por las muestras de cariño. Amanecí de buen humor. Ahora que sabía que Santiago iba a ser Jesucristo, decidí hacer un plan para alejarlo de mi camino por conquistar a Rosalinda. Hablé con el señor que iba a hacer la cruz y le di instrucciones para su preparación: en lugar de madera le propuse que utilizara unos fierros pesados. Después fui con unos jóvenes que iban a representar a los soldados y les preparé unos látigos especiales para que la escena fuera más realista.

—De lo que se trata es que la gente sienta la pasión de Jesús —les dije para que tomaran en serio su papel de villanos.

Llegó la tarde y un cielo nublado nos forzó a adelantar la procesión. Nos fuimos Rosalinda y yo con la gente a la salida del pueblo para iniciar el Viacrucis. Se había soltado una ventisca y las faldas de las “lloronas” se levantaban a cada rato. El pobre Jesús sufría verdaderamente con los latigazos de los soldados y el peso enorme de la cruz (que en verdad representaba los pecados del Hombre). Durante el recorrido, una señora lanzó el siguiente comentario: “Todos los años es lo mismo, siempre hace terregal en estos Días Santos. Es señal divina del sufrimiento de Dios, Nuestro Señor.” Continuamos con nuestra procesión sin decir nada. El ritual concluyó con la llegada de la noche. El drama quedó perfecto. Los personajes dijeron sus diálogos oportunamente y la escena culminó con las palabras de Cristo lanzadas al cielo, en una sentencia fatal: “Todo está consumado”; en eso la cruz de hierro, que no había sido bien colocada, cayó dramáticamente de espaldas con todo y Jesús clavado. Rosalinda corrió a ayudarlo y yo sentí tristeza, pues creí que era la señal clara de que ella se sentía enternecida por el sufrimiento de Santiago; pero con sorpresa sucedió algo que acabó definitivamente con las aspiraciones del ranchero en la conquista de la misionera. Santiago enfurecido, una vez que Rosalinda trató de levantarlo, gritó:

—¡Malditos misioneros, nada más vienen a quitarnos el tiempo de las vacaciones de Semana Santa con sus estupideces!

Rosalinda se indignó con tal comentario y lo dejó solo para venirse con nosotros. La noche se desató con truenos y relámpagos. La gente aplaudió emocionada y nos abrazó a los dos: sabían que esa era nuestra última noche en Santa Cecilia y nos dieron el adiós definitivo, diciendo que habíamos realizado una misión inolvidable. Luego de ese momento solemne, nos fuimos corriendo para protegernos de la lluvia que cayó como diluvio.

 

Por la mañana alistamos nuestras maletas. Fulgencio fue a despedirse de mí, pues nos habíamos hecho buenos amigos. Le prometí que algún día volvería a Santa Cecilia para regalarle una bicicleta que ya no usaba, pero él se rió de mí diciendo:

—Todos los misioneros dicen lo mismo y nunca vuelven.

La camioneta que nos llevaría de vuelta a Matamoros nos iba a recoger al mediodía. Yo sentí que algo no estaba concluido y pensé en Rosalinda. Ella estaba en su cuarto haciendo su maleta, entré sin avisar y la vi maquillándose: me acerqué al tocador, nos miramos por unos segundos sin decir nada. Cuando me decidí por fin a hablarle, tragué saliva para aclarar mi garganta. Me armé de valor.

—Rosalinda, quisiera decirte algo antes de que nos fuéramos.

Ella dejó el lápiz labial en el tocador y me puso toda la atención del mundo. Su mirada inocente me puso nervioso y tuve miedo de decir algún disparate. Me senté al lado suyo en la orilla de la cama. Cerré los ojos y acerqué mi boca a sus labios para darle un beso cachondo como en mis sueños… pero antes de que se culminara el momento apasionado, apareció Micaela avisándonos que ya había llegado la camioneta para llevarnos a casa. Y ahí terminó la fantasía. Rosalinda se apresuró en guardar sus cosas y salimos los dos muy contentos, pensando que la misión había sido un éxito: volvíamos con las manos llenas de buenas experiencias. Cuando llegamos a Matamoros, el padre Armando nos recibió con júbilo en la parroquia de la ciudad, hubo abrazos por todos lados y yo, entre los apapachos de mi madre que me recibía emocionada, ya no alcancé a ver cuando Rosalinda se marchó, llevándose con ella los deseos insaciables de hacerla mía.

 

Algunos años después me volví ateo. Frecuenté a Rosalinda en su casa y nos hicimos novios. Luché varios meses contra sus prejuicios sobre las relaciones prematrimoniales, que ella consideraba indignas de toda buena cristiana. Pero una tarde, cuando nos ganó la pasión, regresamos a Santa Cecilia y, aunque no le llevé a Fulgencio la bicicleta que le había prometido, sí fuimos al estanque de las Palmas para bañarnos: Rosalinda y yo nos escapamos por una vereda, hicimos el amor toda la tarde y después fuimos a tomarnos una foto montados sobre un burro.